Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
La mente en blanco por este frío inusual
DEAMBULANDO
Me siento delante del teclado de mi PC sin nada que contar, algo parecido a estar in albis, cuando aún hasta poco ha, acaso bullese en ideas. Son de esos días grisáceos, que a pesar de la predominancia de los días soleados, el frío nos comprime y estrecha. No sé cómo se hace para salir del bache en el que los que andamos en estas columnas nos hallamos sumergidos o tal vez haya columnistas de lo abstracto que sean capaces de contener un gran arsenal desprendido de su exuberante imaginación, de la que carezco, o apoyados en todo lo noticiable que a diario se da.
Tanco, desde su traslado, unos números adelante, de su tienda de libros al lugar que ocupaba El Cercano se ha reconvertido aun más en referente de la ciudad y no en un mero mercado de libros que nunca lo fue porque tenía ese distintivo insuflado desde su fundación por el filósofo Carlos Vázquez
Mientras, esta tarde noche, que ya el sol decae en pasando lo que ahora es común, el decir 19 horas a lo que ante eran 7 de la tarde, me voy a Tanco, librería que Moncho ha convertido o ha potenciado, mejor, su oferta cultural con la colaboración de su hija empeñada en esas promociones. Tanco, desde su traslado, unos números adelante, de su tienda de libros al lugar que ocupaba El Cercano se ha reconvertido aun más en referente de la ciudad y no en un mero mercado de libros que nunca lo fue porque tenía ese distintivo insuflado desde su fundación por el filósofo Carlos Vázquez. Le dan lustre las frecuentes visitas matinales de unos cuantos representantes de la cultura que hojean las novedades cada día y creo siguen haciendo, aunque sus particulares librerías nunca, si futuro tuvieren, tendrán tanto uso como sus fundadores le están dando. En Tanco presentaba un libro recopilatorio de sus artículos en este diario el exalcalde Baiona, Luis Carlos de La Peña, al que presentaba Carlos Risco Ulloa, ese otro colega de este diario, de poético pensamiento filosófico. Carlos le devolvía la pelota al que lo había presentado en el Foro La Región, en otra colección de sus periodísticos artículos.
Mi traslado mar-tierra, desde el Cantábrico, donde nunca me imaginaría pasar los estíos, a este interior de la hoya ourensana, que batió tantos récords de calor que por repetido ya no era noticia en los telediarios.
Cuando la política hispana hierve ante la inminencia del voto y aparece ese estrafalario presidente de Argentina para calentarla aún más, siento como si las incendiarias proclamas de tantos políticos extremos sean fuegos de artificio porque no percibo esos extremos en una ciudadanía común como si ajenos a esta guerra verbal donde todo vale para esa derecha y su extrema para insultar al rival, si no fuese que la calle anda revuelta por la vivienda allá donde la densidad poblacional acusada y que por extensión infecta también a los codiciosos de núcleos pequeños
Huyo de esos extremos incendiarios sin ignorar los males que acarrear puedan y me embarco en ese crisol hasta de nacionalidades que se embuten en los buses urbanos donde la gratuidad (salvo excepciones) los ha llenado hasta casi rozar esas escenas del metro japonés donde ya existen profesionales del embutido viajero que a base de empellones van comprimiendo los vagones del suburbano. Por acá, aunque plenos, aún permiten ese espacio donde una mayoría pasma con la pantalla de su móvil o donde un infante es capaz de manejarse en esas pantallas, o donde las voces de esas culturas hispanoamericanas elevan el tono e invitan a ser oídas por la riqueza de sus giros y donde la intimidad que los nativos consideramos, para ellos no es tal. Vivimos una realidad virtual; en gran manera si, lo parece, porque ya se considera una plaga la dependencia del medio donde hay profesionales en psicología para desenganchar a esos enfermos dependientes. Adicción en la que fácilmente se cae o caemos. El portátil ya es como una proyección de nosotros, de tal modo que el no traerlo te hará como caminando en una soledad.
La coincidencia horaria me impidió ir a la conferencia del Foro en el que un magistrado especializado dio una visión de cómo se capta a yihadistas menores a través de las redes doquiera se encuentren. Pero al siguiente día, sin coincidentes horarios veré las fotos de Mark Ritchie, australiano residente en la ciudad por matrimonio con profesora universitaria aquí ejerciente, en la galería Dado Dadá, en la calle Libertad.
Contenido patrocinado
También te puede interesar