La mentira, peligrosa arma

Publicado: 28 abr 2026 - 02:40
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Lo preocupante no es la corrupción. Lo verdaderamente alarmante es que ya casi no provoca nada. Ni rabia sostenida, ni reacción colectiva, ni consecuencias políticas proporcionales. Apenas un murmullo, un par de días de titulares y, después, silencio. Como si todo formara parte de un guion asumido. Como si hubiéramos interiorizado que este es el precio inevitable de vivir en sociedad.

España lleva años instalada en un bucle de escándalos que ya no escandalizan. El Caso Gürtel marcó un antes y un después, pero no en el sentido que cabría esperar. No regeneró el sistema: lo acostumbró a convivir con su propia degradación. Desde entonces, cada nuevo caso no ha hecho más que confirmar una sospecha cada vez más extendida: aquí no pasa nada.

Ahí están episodios recientes como el llamado caso Koldo, con Koldo García en el centro de una trama de comisiones y contratos públicos bajo sospecha. O las salpicaduras políticas que alcanzan a figuras como Santos Cerdán, cuya proximidad al poder convierte cualquier sombra en un problema de primer nivel. Y en paralelo, los escándalos que rodean a José Luis Ábalos -desde su gestión hasta episodios personales convertidos en símbolo de degradación pública- han contribuido a reforzar la sensación de impunidad y frivolización del poder. Todo suma, todo erosiona.

Pero hay un elemento aún más corrosivo, más silencioso y más peligroso que la propia corrupción: la mentira como herramienta política. No la mentira puntual, sino la mentira sistemática, estratégica, convertida en arma. Declaraciones que hoy son blancas y mañana negras. Relatos que se construyen y destruyen en función de la conveniencia del momento. Rectificaciones que nunca llegan o que llegan tarde y sin coste alguno.

Cuando la mentira deja de penalizar, la política deja de estar sometida a la realidad. Y cuando eso ocurre, el debate público se convierte en una farsa donde lo importante ya no es lo que es verdad, sino lo que consigue imponerse. La consecuencia es devastadora: el ciudadano deja de creer en todo. No solo en quien miente, sino también en quien dice la verdad.

Cuando la mentira deja de penalizar, la política deja de estar sometida a la realidad

Y mientras tanto, la ciudadanía asiste a este deterioro con una mezcla de hastío y cinismo. Se comenta, se comparte, se ironiza… y se pasa página. ¿Dónde está el límite? ¿Cuántos casos más hacen falta para que algo se rompa de verdad?

Parte del problema reside en la degradación del propio ecosistema informativo. Los medios, lejos de actuar como contrapeso firme, se han convertido en actores más del tablero. No hace falta una manipulación burda; basta con sesgos, silencios selectivos y enfoques interesados. El resultado es una ciudadanía atrapada en relatos contradictorios, donde cada cual encuentra la versión que confirma sus prejuicios. La verdad deja de ser un punto de encuentro para convertirse en un campo de batalla.

Pero sería demasiado cómodo culpar solo a los medios o a los políticos. La sociedad también tiene su parte de responsabilidad. Hemos normalizado lo que debería ser intolerable. Hemos sustituido la exigencia por el sarcasmo, la movilización por el comentario en redes, la indignación por el meme. Nos reímos de lo que, en el fondo, debería hacernos reaccionar.

Y no, no es solo cansancio. Es algo más profundo: es la sensación de que nada cambia. De que las estructuras permanecen intactas independientemente de quién gobierne. De que las responsabilidades se diluyen, se eternizan o simplemente desaparecen. Cuando la consecuencia de la corrupción es, en el mejor de los casos, un desgaste reputacional pasajero, el mensaje es devastador: sale barato.

En ese contexto, la apatía deja de ser una anomalía para convertirse en una respuesta lógica. ¿Para qué movilizarse si todo sigue igual? ¿Para qué exigir si nadie responde?

Lo inquietante es que esta dinámica no solo erosiona la confianza en la política, sino en la propia idea de ciudadanía. Porque una democracia sin ciudadanos exigentes no se degrada de golpe: se va vaciando poco a poco, hasta que un día descubrimos que las reglas siguen ahí, pero su sentido ya no.

No estamos anestesiados. Estamos peligrosamente acostumbrados. Y esa costumbre, esa resignación disfrazada de realismo, es el terreno perfecto para que todo siga exactamente igual.

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