Milenio

TINTA DE VERANO

Publicado: 02 sep 2026 - 02:50
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Unos puentes cruzan un río y otros cruzan una época. Nuestro Puente del Milenio cumple ahora veinticinco años y merece ser recordado más como una declaración de intenciones que como una mera infraestructura. Inaugurado el 1 de septiembre de 2001, el nuevo siglo todavía parecía una promesa y Ourense quiso entrar en él, de la mano de Manuel Cabezas, construyendo una estructura que no se pareciera a ninguna de las que hasta entonces definían su paisaje.

Llegó en un momento de transformación. En 1998 se había cerrado al tráfico rodado el Puente Romano, asumiendo una función distinta tras siglos de servicio. El Milenio nació así para ayudar a repartir esa circulación y aliviar la presión sobre el Puente Nuevo. Pero su vocación excedió esa utilidad práctica: con 275 metros de longitud, su elegante curva y la pasarela que asciende hasta 22 metros hicieron de él un icono reconocible desde lejos.

Su diseño fue resultado de un concurso europeo ganado por el arquitecto Álvaro Varela, con la participación del ingeniero Juan M. Calvo. La propuesta buscaba, según explica el propio Varela, seguir tejiendo las dos márgenes del Miño y encajar el puente en la trama urbana. No era solamente cuestión de salvar el cauce: había que conseguir que la nueva pieza perteneciera a la ciudad, que es la verdadera dificultad de cualquier obra pública.

Durante sus primeros años, el puente fue recibido con entusiasmo y las fotografías de entonces muestran una ciudad fascinada por una obra que pretendía representar modernidad, velocidad y futuro. Veinticinco años después, la perspectiva permite observar algo distinto. El puente ya no parece una promesa, porque el futuro al que apuntaba se ha convertido en nuestro presente. Y eso cambia inevitablemente la manera de mirarlo.

Aquel milenio que justificó su bautismo pertenece ya al pasado. La palabra conserva una expectativa que el calendario ha ido desgastando. En 2001, milenio significaba futuro; hoy significa memoria. El puente, sin embargo, continúa cumpliendo su función cotidiana sin preocuparse demasiado por el simbolismo. Cientos de personas lo atraviesan sin pensar en su edad, como ocurre con tantas cosas que apreciamos cuando dejan de estar.

En el Ourense que inauguraba el Milenio, se confiaba más en que las grandes infraestructuras podían transformar por sí mismas el destino urbano. Hoy sabemos que un puente puede mejorar la movilidad, pero no decide qué ciudad crecerá alrededor, cómo se utilizará el espacio público ni qué futuro tendrán sus barrios. La arquitectura puede ofrecer posibilidades; después corresponde a la sociedad decidir qué hace con ellas.

Estos veinticinco años son una buena ocasión para mirar el Milenio sin nostalgia y sin reverencia. No hace falta convertirlo en monumento intocable, ni reducirlo a una carretera sobre el río. Es una pieza de la historia reciente de Ourense, construida cuando la ciudad quiso imaginarse renovada y diferente. Su valor está también en recordarnos que las ciudades dejan huellas de sus ambiciones, incluso cuando algunas terminan resultando muy distintas.

Dentro de otros veinticinco años, a quienes crucen sus carriles o suban por esa pasarela elevada quizás ya les parezca antiguo, como hoy nos los parecen obras otrora modernas, pero que ya forman parte de nuestro paisaje. Ese será, probablemente, su mayor triunfo: haber dejado de ser una novedad para convertirse en ciudad. Porque un puente alcanza su verdadera edad cuando ya nadie imagina el río sin él.

Contenido patrocinado

stats