José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Escavacións arqueolóxicas nas orixes de Ourense: As Burgas (II)
El Papa Francisco ha resultado un personaje difícil de etiquetar, cuyas actuaciones han ido perdiendo presencia y brillo. Elegido por sorpresa en una votación en la que ninguno de los expertos en política vaticana lo tenía en cuenta, el jesuita argentino, doctorado en Química e hincha pasional de Atlético San Lorenzo, parecía ofrecer a la Iglesia una vía de acomodación a las nuevas tendencias que proponía caminos de estabilidad y esperanza. Sin embargo, los resultados no han sido tan satisfactorios como se presuponía en un principio, sobre todo porque la respuesta del pontífice a los continuos casos de pederastia en la Iglesia no ha sido todo lo enérgica que necesitaba ser y la más alta dignidad eclesiástica se ha mostrado tibia, renuente e incluso complaciente con los desmanes que durante años han cometido algunos de sus ministros. Francisco, que renunció a toda la pompa y la circunstancia que caracterizaba la púrpura vaticana antes de su ascenso a la silla de Pedro, no ha conseguido meter mano a ese mundo de privilegio que caracteriza a la nobleza cardenalicia. Por desgracia, su modestia personal es tan solo un ejercicio que se ha aplicado a sí mismo, pero que sus dignatarios no han compartido. Con todo y con ello, es esa lacra vergonzante e indigna de la pederastia desempeñada impunemente durante siglos la que más visible ha colocado su incompetencia para ponerle freno y amparar la acción de la justicia. Francisco ha huido de ese compromiso y su actitud timorata y servil es la que le ha contribuido en mayor medida a derribar su propio castillo.
Juan Carlos Lorenzo, el entrenador más representativo de San Lorenzo de Almagro en la época grande de la entidad de Boedo a la que hizo campeón varias veces antes de venirse a dirigir al Atlético de Madrid donde yo le conocí, se ponía de los nervios cuando se lo encontraba en el vestuario. “Che pibe –le decía a su segundo- echame al curita fuera que me los vuelve locos”. El padre Berdoglio se ponía de palique con los jugadores y aquello era un quilombo según el técnico.
O así sigue. No deja que le besen el anillo, pero no mete mano a los delincuentes abusadores que infectan su iglesia. Muchas palabras y pocos hechos. No tiene arreglo.
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