Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
Os Caladiños
Estamos atravesando una época en la que los sobresaltos que nos llegan desde la clase política son de todo punto impredecibles. Antes de nada déjenme que les diga que, de todo lo ocurrido en Madrid, siento enormemente el resultado de Ángel Gabilondo, una persona cabal y valiosa, culta y con criterio. Ha sido utilizado y le pusieron a hacer un soneto que en esta ocasión pudo evitarse.
Aclarado lo anterior, tengo para mí una opinión muy clara: todo lo ocurrido en estos meses en el fondo se debe a la actitud de la líder de Ciudadanos, sra. Arrimadas, comenzando por lo de Murcia y pretendiendo dar el salto a Castilla y León, Andalucía y otros lugares en un afán de acaparar poder para el PSOE. Les ha salido mal, muy mal, como reconocen Felipe González y Leguina entre otros. Un saco roto por una ambición desmedida. Y luego la serie interminable de despropósitos como lo de Vallecas y las críticas de José Félix Tezanos hacia los votantes de Ayuso justo en el día se reflexión llamándoles “tabernarios”. Esto unido al estrepitoso fracaso del CIS que dirige este señor que ha sido todo menos imparcial como se ha visto en el recuento de los votos.
Son muchos y muy variados los acontecimientos, gran parte de ellos para olvidar por bien de la democracia. Una frase ha dicho Ayuso que entiendo es cierta y es que carecen de aval para criticarla por su diálogo con Vox cuando los críticos se coaligan y tienen compañeros de viaje del otro extremo: esto se llama incoherencia, creo yo. Y sobre todo cuando a la extrema izquierda se le toleran cosas que a la extrema derecha se le castiga y vitupera verbalmente e incluso físicamente.
Pero dejemos la politica a un lado, que hay mucho para dar y tomar, y vayamos al diccionario que siempre nos puede ilustrar. Para empezar el entretenimiento, Carlos III dirigió una norma equivalente a una ley de vagos y maleantes que decía: “Ni gitanos ni murcianos ni gente de mal vivir quiero en mis ejércitos”. El verbo “murciar” vale por robar. Y un murcio es, sencillamente, un ladrón.
Y siguiendo en el diccionario, aparece la palabra “gilipollas”, que en la actualidad se utiliza a modo de insulto. Pero su origen es bien distinto. Para ello tenemos que retroceder hasta finales del siglo XVI e inicios del XVII, en el reinado de Felipe III. Entonces don Baltasar Gil Imón desempeñaba sus funciones como fiscal del Consejo de Hacienda. Cuentan las crónicas de la época que tenía dos hijas poco agraciadas a las que pretendía “colocar”, asistiendo con ellas a muchos eventos de la Villa y Corte. Como recoge también el diccionario, “polla” es uno de los sinónimos de chica joven. Cuando los madrileños les veían llegar a los tres era normal la expresión “ahí viene Gil y pollas”. Ya ven el origen de la palabra que ha perdurado.
Pues bien, sin señalar a nadie, que eso queda mal… en la situación actual pulula mucho “murciano” fracasado en su afán de hacerse rico y son incontables los gilipollas que entorpecen y sobre todo ensucian la democracia actual aquí y acullá. Y eso en muchos lugares de la geografía española. Comenzó y falló en Murcia pero “murcianos” los hay por doquier, arañando votos, manipulando voluntades y sobre todo perturbando el diálogo y la sana convivencia.
Con razón, ante esta confusa situación, el cardenal de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Juan José Omella, ha sido claro al reiterar una vez más que es necesario “tender puentes en la sociedad española porque la crispación nunca es la solución”.
Lo dicho, sobran murcianos avocados al fracaso y los otros, también.
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