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En el multitudinario acto académico celebrado hace unas semanas en Allariz, con motivo del Días das Belas Artes Galegas, y dedicado este año al fotógrafo e hijo de la localidad, José Suárez (1902-1974), la alcaldesa, Cristina Cid, anunciaba la próxima apertura de un museo centrado en la figura del homenajeado. Una idea acogida con satisfacción por el público presente en la Casa da Cultura. Iniciativa de justicia, también poética, para quien, gracias a la encomiable perseverancia de Xosé Luís Suárez Canal y Manuel Sendón, desde el ya lejano 1988, ha recuperado el brillo de su profundo e inspirador surco creativo.
Con las fundaciones y los museos ocurre que es más fácil crearlos que hacerlos vivos y atractivos. A veces, parecen cumplir una mera función de guardamuebles, libros y otros objetos convocantes de polvo y termitas. Advertía Enrique Vila Matas, que los museos son “espacios que mejor estarían destinados a los escritores o artistas que están vivos y enfrascados en la aventura de una obra peligrosa que no merece la atención suficiente o a los que, estando muertos, demuestran estar muy vivos al resistirse a cumplir años”. Por fortuna, Allariz acumula ya una extensa experiencia en la puesta en marcha y gestión de espacios museísticos y de contar con ámbitos, como el trabajado por Ibarrola en O Rexo, con potencialidades todavía hoy apenas exploradas.
José Suárez es un descubrimiento, tanto en su personalidad como en la diversidad de su obra
La figura de José Suárez, un tanto esquiva a fuerza de soledad y de ubicarse en lugares distantes, en exilios más o menos voluntarios, en lejanías, no solo físicas, que tenían mucho que ver con su personalidad sensible, concentrada e inquieta, se nos acerca todavía con el aire sugestivo y aventurero de los horizontes abiertos. José Suárez es un descubrimiento, tanto en su personalidad como en la diversidad de su obra, inspirada a partes iguales en la introspección y en la experimentación vanguardista de su tiempo. Un museo imaginario dedicado a su memoria, debería acoger a los humanistas éticos, siempre inconformes, representados por su reverenciado amigo y maestro intelectual, Miguel de Unamuno. Debería dedicar un espacio privilegiado a la rigurosa visión del documentalista de los Oficios en el país de ayer; a las vanguardias expresionistas y de la nueva objetividad estética. Debería expresar el desarraigo y la melancolía de los exiliados del mundo; la pureza de los espacios naturales abiertos; el asombro cultural del Japón y de los pueblos blancos del Mediterráneo o La Mancha y, también, la sorda desesperación de los malditos que el país produce: como él mismo, como Blanco Amor, Celso Emilio, Valente o Ferrín.
El recorrido por el museo imaginado de José Suárez debería dejar, en el afortunado visitante, la huella indeleble de su figura poliédrica y la modernidad de su visión estética.
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