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TINTA DE VERANO

Publicado: 17 dic 2025 - 02:50
Opinión en La Región
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La alianza entre Elon Musk y el presidente salvadoreño Bukele para implementar el chatbot del primero (Grok) en más de 5.000 escuelas públicas se presenta oficialmente como la oportunidad de llevar tutorías personalizadas mediante inteligencia artificial a más de un millón de estudiantes; pero se inserta en un paisaje político y tecnológico cargado de tensiones, contradicciones y riesgos que pocas veces se discuten con la profundidad necesaria.

Bukele, conocido por su estilo autoritario y su afán por los proyectos mediáticos, ha abrazado la propuesta como un avance histórico en educación, equiparando la llegada de Grok a una forma de “construir el futuro” del país. Sin embargo, el uso de esta herramienta países con tradición democrática frágil plantea preguntas urgentes sobre el equilibrio entre innovación y autoridad gubernamental en ámbitos tan sensibles como la educación pública.

El atractivo de Grok radica en su capacidad de responder preguntas, ofrecer explicaciones y adaptarse al ritmo de aprendizaje de cada alumno. En teoría, puede reducir brechas de acceso al conocimiento, facilitar apoyo fuera del salón de clases y brindar recursos pedagógicos. Ese potencial se presenta, ciertamente, como una solución elegante a problemas reales de un país con carencia notables en materia educativa.

La educación, más que información, requiere juicio crítico, debate y diálogo entre alumnos y profesores.

Pero Grok no llega a El Salvador en un vacío ético. El chatbot ha sido protagonista de polémicas, desde contenido ofensivo o conspirativo hasta fallas en su propio entrenamiento que han llevado a respuestas problemáticas. Versiones anteriores fueron señaladas por generar teorías extremas, lo que, en un entorno educativo, levanta advertencias sobre la idoneidad de este tipo de herramientas sin supervisión humana rigurosa.

Sumado a esto, no cabe ignorar el contexto político que rodea la iniciativa. Bukele ha mostrado tendencias a concentrar poder y redefinir las instituciones a su medida. Una herramienta tecnológica tan poderosa en el corazón del sistema educativo, sin mecanismos claros de control ciudadano, puede convertirse en un arma de doble filo: no solo educa, sino que también moldea percepciones, valores y criterios de verdad en una generación entera.

La educación, más que información, requiere juicio crítico, debate y diálogo entre alumnos y profesores. Sustituir -o siquiera complementar- demasiado pronto ese proceso por respuestas automatizadas puede debilitar las habilidades cognitivas fundamentales que buscan fomentar la creatividad, la argumentación y el pensamiento independiente. La cuestión no es solo si los estudiantes obtienen respuestas más rápidas, sino si se les educa para discernir.

El atractivo de Grok radica en su capacidad de responder preguntas, ofrecer explicaciones y adaptarse al ritmo de aprendizaje de cada alumno. En teoría, puede reducir brechas de acceso al conocimiento, facilitar apoyo fuera del salón de clases y brindar recursos pedagógicos.

Otro punto delicado es la gestión de datos y privacidad. Integrar un sistema externo en las escuelas públicas implica recopilar, procesar y posiblemente almacenar información sensible de menores de edad. Aunque los comunicados oficiales se centran en beneficios académicos, falta transparencia sobre qué datos se capturan, quién tiene acceso y cómo se protege la información de millones de niños y niñas.

Si El Salvador se convierte en un “sandbox global” para Grok y herramientas similares, como lo han descrito algunos analistas, el mundo observará si los resultados son más transformadores que disruptivos. La discusión ya no gira solo en torno a la eficiencia educativa, sino en torno a qué tipo de sociedad queremos construir: una que privilegia la tecnología sin cuestionarla o una que exige responsabilidad, ética y control democrático.

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