Ojalá fuéramos Maricarmen

Publicado: 04 oct 2026 - 00:15
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Hay una aritmética política y una aritmética económica. La primera dice que si no tienes mayoría en el Congreso, no puedes gobernar como si la tuvieras. La segunda dice que si hay más familias buscando vivienda que viviendas disponibles, los precios suben. Lo asombroso de la izquierda española es que ha decidido negar las dos a la vez.

El viernes, cuando en el Congreso se estaban debatiendo los dos reales decretos-ley del Gobierno sobre la vivienda, una diputada de izquierdas dejó una frase magnífica. Dijo que no se iban a aprobar los decretos porque “las derechas tienen mayoría”. Exactamente. Eso se llama democracia parlamentaria. Si las derechas tienen mayoría, la izquierda no puede gobernar. Los niños de papá de Sumar, la gandulera acampada en Sol y hasta Maricarmen pueden enfadarse y apretar los puñitos muy fuerte. Pero la conclusión es bastante sencilla, si no tienes mayoría para gobernar tienes que convocar elecciones.

Con la vivienda sucede algo muy parecido. También ahí la izquierda tiene una lucha perenne contra la realidad. Nos dicen que el problema son los especuladores, los fondos buitre, los rentistas, los propietarios egoístas o cualquier otro villano útil para el relato. Pero el problema de la vivienda en España es mucho más elemental y mucho más incómodo. Faltan casas disponibles. Punto. Y la culpa de eso la tiene exclusivamente la izquierda y sus políticas infantiles.

Si en una ciudad hay cien familias buscando piso y solo hay sesenta viviendas en alquiler, el drama no se resuelve con un decreto. Se resuelve aumentando la oferta. Todo lo demás es repartir la escasez. Puede usted topar precios, señalar propietarios, crear observatorios, convocar ruedas de prensa o poner cara de profundo compromiso social. Seguirán faltando cuarenta viviendas.

Cuando el Estado fija un precio por debajo del precio real de mercado, muchos propietarios retiran sus pisos, los destinan a otros usos o endurecen las condiciones. El resultado no es más vivienda asequible, sino menos vivienda disponible. El piso que queda regulado puede ser más barato para quien consigue entrar. Pero todos los demás se quedan fuera.

Y aquí aparece la gran mentira moral del intervencionismo. Nos dicen que estas políticas protegen a los vulnerables. En la práctica, los expulsan.

Y aquí aparece la gran mentira moral del intervencionismo. Nos dicen que estas políticas protegen a los vulnerables. En la práctica, los expulsan. Cuando hay menos pisos y más candidatos, el propietario escoge al inquilino con nómina más alta, contrato más estable, más avales y menos riesgo. ¿Quién queda fuera? El joven, el autónomo, la familia con ingresos ajustados, el inmigrante, el trabajador temporal. Justo aquellos a los que el Gobierno dice proteger. Si ellos decretan que no se pueda desahuciar a una familia con hijos, nadie alquilará su piso a una familia con hijos. Es tan fácil de comprender que sonroja tener que escribirlo.

La vivienda no se encarece solo por la falta de construcción. También se encarece porque sacar un piso al mercado se ha convertido en una actividad incierta y con mucho riesgo. Ocupación, morosidad, años para recuperar una vivienda, cambios normativos constantes y hostilidad política hacia el propietario. Luego, el Estado se presenta como salvador del acceso a la vivienda, después de haber encarecido el suelo, la construcción, la transmisión y el alquiler.

Lo más perverso es que el Gobierno necesita que el culpable sea otro. Si el culpable es el propietario, la solución es castigarle. Si el culpable es el mercado, la solución es intervenirlo. Si el culpable es la derecha, la solución es resistir. La izquierda jamás aceptará que el problema de la vivienda está causado por ellos mismos y que la solución consiste en hacer, exactamente, lo contrario de lo que ellos proponen. Hay que liberar suelo donde tenga sentido, simplificar regulación, bajar impuestos, proteger la propiedad, agilizar desahucios por impago y dar seguridad jurídica a quien construye o alquila.

La izquierda, sin embargo, prefiere convertir la vivienda en una batalla moral antes que admitir que los precios altos son una señal de escasez. Prefiere acusar al casero antes que reconocer que sus leyes han reducido la oferta. Prefiere montar un show con una anciana que ha sido utilizada de manera bochornosa e indigna. Son basura. Ahora mismo, hay miles y miles de jóvenes que en el fondo piensan “ojalá fuera yo Maricarmen”. Nos han robado el país y a los jóvenes el futuro.

La política adulta consiste en aceptar límites. Los límites del Parlamento y los límites de la economía. Si no tienes votos, no apruebas decretos. Si no tienes casas, no bajan los precios. Y si no eres capaz de entender ninguna de las dos cosas, no estás gobernando. Estás administrando propaganda. España necesita más viviendas, no más relatos místicos contra los propietarios. Si este Gobierno no puede asumir la realidad, la salida es igual de sencilla en la política que en la vivienda. Dejen ustedes de intervenir lo que no entienden y devuelvan la palabra a quienes sí pagan las consecuencias. Convoquen elecciones y líbrennos de este oscuro episodio de la historia.

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