Xabier R. Blanco
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TRIBUNA
Es posible que el uso del sombrero sea tan antiguo como la misma humanidad. Solo hay que ver lo que llevaban, sobre la cabeza, los antiguos egipcios o los gorros frigios que portaban los libertos tras conseguir la libertad. Más tarde, los turcos se ponían un turbante de algodón; los persas, de batista; los rusos y los polacos, de pieles; o los ingleses, de castor. Y no digamos ya los coreanos. Los asiáticos le daban tanta importancia a esta prenda que solo había que mirarle para la cabeza para advertir cuál era su estado civil, su posición, o su edad. En España, pasaba un poco más de lo mismo. Desde el chambergo de bohemio a la chistera del político pasando por el bombín del aristócrata, se podría decir que el sombrero marcaba, de alguna manera, la escala social.
El sombrero castellano, en concreto, el segoviano o el salmantino, tuvo un abolengo secular. En la capital de El Lazarillo de Tormes, el gremio de sombrereros ya tenía reglamentado el oficio gracias a unas Ordenanzas libradas en 1572. Lo fascinante es que, en apenas unas décadas, en 1615, también en la provincia ourensana, a orillas del Avia, los sombrereros -al igual que los carpinteros, canteros, toneleros, cerrajeros, herreros, serradores o plateros-, ya estaban asociados a la Hermandad de San Jorge, perteneciente a la parroquia de la Oliveira de Ribadavia.
Pese a todo, es a lo largo del XIX cuando el sombrero se convierte en una prenda indispensable del vestir masculino. De esta manera, la industria sombrerera se extiende con intensidad, inclusive, por las ciudades gallegas; y, en especial, por Ourense. En 1847, por ejemplo, Manuel Romero Pérez levantaba una fábrica de sombreros, en la provincia ourensana, en Coucieiro -una aldea en el distrito municipal de Padrenda-. Un poco antes, otro maestro sombrerero había abierto su taller artesanal en la Huerta del Concejo. En la casa nº 1, Ramón Argadelo se ocupaba de gestionar una empresa dedicada a la producción de sombreros de castor, de felpilla, de terciopelo y de lana. Diseñaba artículos de todas clases, tanto de teja, como apuntados o de copa; incluso, el cliente podía elegir, a medida, el color que desease. Les garantizaba prendas que no solo eran última moda, sino que, además, estaban confeccionadas a prueba de agua. A todo esto, le había que añadir una ventaja adicional. La mercancía la expendía, a un coste muy competitivo -el cliente podía ahorrar hasta 4 reales en cada unidad-. Tenía su explicación. La materia prima con la que trabajaba era de proximidad. Por lo general, compraba pieles montesinas que fuesen sacadas con sutileza -nutria, garduñas, liebres y conejos-, a precios convencionales. De esta forma, en un lustro, trasladó el obrador para el nº 15 de la Plaza de la Constitución. Bajo la razón social, Ramón Argadelo y Cª, ofertaba toda clase de felpas, siempre a precios muy razonables.
No fueron los únicos. A finales de los setenta, hacía su aparición en la ciudad de las Burgas un nuevo maestro sombrerero. Ponía el taller en la calle Progreso nº 3, frente al jardín de Posío. Javier Casal era un artesano que en el establecimiento La Orensana fabricaba sombreros de fieltro, con un sistema de producción acorde con los avances del desarrollo industrial. Había invertido sus ahorros en el que hasta la fecha era un próspero negocio. En este momento todavía los sombrereros competían con artículos similares procedentes del extranjero, tanto en calidad como en precio. En poco tiempo, también trasladó la empresa a la calle de la Paz nº 16. No obstante, en las postrimerías del XIX la industria sombrerera comienza a entrar en declive. Primero, sale del núcleo urbano. Por un lado, el industrial José Álvarez, en el caserío del Puente Mayor, abre una fábrica en la que trabajaba un buen número de operarios portugueses; por otro, en O Carballiño la Sociedad Romero y Cª regentaba una empresa de sombreros, dirigida por Marcial Romero, conocida con el nombre de La Torronesa. Al decir de personas peritas, los artículos que producían, nada tenían que envidiar a otras fábricas; ni por el amplio muestrario que exhibía, ni por la calidad de la prenda, ni siquiera por el precio competitivo.
Aun así, pocas modas había tan variables como las de esta prenda. A pesar de ser un objeto sencillo, continuamente fue susceptible de ingeniosas combinaciones. Y, lógicamente, fue un hándicap para la fabricación local. Pese a todo, como el sombrero no dejaba de ocupar un lugar destacado en el vestidor de la casa, su demanda favoreció la proliferación de negocios alternativos que ofertaban las últimas novedades de este artículo. Desde principios del siglo XX, fueron comercios como El Blanco y Negro -en la calle Paz o en Juan de Austria-, o como A la Reina de las Flores -en la calle Santa Eufemia nº 10- los que exhibían lo último en sombrerería. Los propietarios de estos negocios realizaban contratos con acreditadas fábricas de Madrid o de París, y, recibían, a menudo, los modelos que marcaban el rumbo de la moda que luego lucían en sus escaparates. Desde ese instante, no dejaron de aparecer, en el primer tercio del XX, tiendas, como la de Monserrat Borrás, “La Lucha” -propiedad de Fausto Rodríguez Cuadrillero-, El Esprit -en la calle de La Paz-, o Marina Varela -en la de Paz Novoa-, que animaban el mercado de la sombrerería, a la vez que ponía en trance el oficio del maestro sombrerero.
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