Ourense en la Plaza de la Lealtad

SENDA 0011

Publicado: 07 jun 2026 - 08:10 Actualizado: 07 jun 2026 - 09:03
Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez

El jueves subí otra vez las escaleras de piedra del Palacio de la Bolsa, en la madrileña Plaza de la Lealtad. Un edificio neoclásico que impone por dentro y por fuera, con sus columnas, su rotonda y un suelo de mármol que devuelve los pasos como si los contara uno a uno. Allí se celebra cada año el Foro MedCap, el encuentro que reúne cada año a empresas cotizadas de todo tipo con analistas, fondos, banqueros y periodistas especializados. Para Redegal, que cotiza en la bolsa de Madrid, es una cita obligada. Para mí, sigue siendo uno de esos lugares que no se acostumbran por mucho que los pises. Mejor que sea así.

La jornada empezó pronto. Una charla en la que tocaba contar quiénes somos, qué hacemos y hacia dónde vamos, y después una sucesión de reuniones uno a uno con inversores. Veinte minutos por encuentro, una agenda apretada y la misma exigencia en cada cita: explicar bien, escuchar mejor y no dar nada por supuesto. Allí se mide la madurez de una compañía. No solo por las cifras, sino por la coherencia entre lo que se cuenta y lo que se hace.

Por la tarde, ya fuera del Palacio, organizamos un encuentro propio que reunió a banqueros, fondos, periodistas y accionistas actuales. Quisimos hacerlo a nuestra manera: cuidando cada detalle y apostando por una propuesta gastronómica gallega de origen, con productos de la tierra escogidos uno a uno. No era una campaña de turismo ni una postal romántica. Era una manera de dejar claro, antes incluso de seguir hablando de balance o de plan estratégico, de dónde venimos cuando hablamos de cuentas.

En cada conversación, el negocio se ganó un rato de atención que probablemente no se habría ganado de otra forma.

Pasaron banqueros con agendas apretadas, gestores de fondos con miles de millones en activos, periodistas que cubren cotizadas desde hace décadas y accionistas que llevan tiempo en el proyecto. Y todos, sin excepción, paraban un momento. Preguntaban por la procedencia de cada elaboración, por el productor, por la zona. De pronto, en un ambiente en el que normalmente solo se habla de múltiplos y resultados trimestrales, se hablaba de Galicia y, dentro de Galicia, de Ourense.

Hubo conversaciones de cinco minutos que se alargaron media hora. Un gestor que conocía Galicia de oídas quiso saber cuántos clientes internacionales lleva una smart company con sede aquí. Un banquero me pidió que le explicara cómo se monta y se sostiene un equipo de más de cien personas sin que la sede esté en una capital. Un accionista reconoció que pocas veces había visto un encuentro con una identidad tan marcada. En cada conversación, el negocio se ganó un rato de atención que probablemente no se habría ganado de otra forma.

Eso es lo que entiendo cada año mejor. Representar un sitio pequeño desde un escenario grande no es una concesión folclórica. Es una responsabilidad que te ordena la espalda. Cuando uno se sienta delante de un inversor internacional y le explica un negocio fundado, dirigido y latido desde Galicia, no está vendiendo una postal: está demostrando que aquí se puede. Que se puede crecer, cotizar, internacionalizarse y competir con cualquiera, sin tener que mudar la sede a Madrid ni cambiar el acento.

El orgullo de ser de Ourense no es nostalgia. La nostalgia mira hacia atrás. El orgullo, bien entendido, empuja hacia adelante. Es saber que cada conversación en una mesa redonda del Palacio de la Bolsa, cada presentación a un fondo extranjero, cada nota en la prensa salmón, lleva implícito el nombre de una ciudad que pocos esperan escuchar en ese contexto. Y precisamente por eso hay que decirlo más alto.

Volví a Ourense el viernes con la maleta más ligera y la cabeza más llena. Más ligera porque allí quedó hasta el último detalle de lo que habíamos preparado. Más llena porque la jornada confirmó algo que llevo tiempo pensando. La provincia no es un techo. Es un cimiento. Y los cimientos, cuando son buenos, aguantan cualquier edificio que decidas levantar encima.

Subir las escaleras del Palacio de la Bolsa siendo de aquí es una suerte. Y una obligación. La suerte de poder hacerlo. La obligación de hacerlo bien. Para que la próxima vez que alguien escuche el nombre de esta ciudad en una sala llena de banqueros, ya no le suene tan lejos.

Contenido patrocinado

stats