Pilar Cernuda
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A Manuel Outumuro, nacido en A Merca en 1949, su tierra lo acoge como las viejas abuelas a sus nietos más revoltosos o más distraídos: les procuran sosiego, los entretienen, saben capturar su atención. Outumuro disfruta estos años últimos del aprecio de las instituciones de su tierra, Ourense, y de su pueblo, situado a unos pocos kilómetros de la capital.
Es posible que también, con algún amargo desasosiego: “y ahora aquí estamos … en la Galicia baldía”. Un círculo que se cierra
La vieja aldea natal se desmorona, abandonada por los vecinos que se fueron a vivir en los suburbios de Ourense, de Vigo o más lejos, de Barcelona, como fue el caso del mismo Manuel. Pasó, en la aldea, sus diez primeros años de vida; al cuidado de abuelas y tías, un mundo de mujeres. Una niñez feliz donde el futuro diseñador gráfico y más tarde reputado fotógrafo se haría querer, por su sensibilidad creativa y su buen sentido. El niño que pudo ser ángel es una bonita historia que él cuenta y que el cura de la iglesia de Santa María no hizo posible en el último momento, cuando ya las tías habían matado tres gallinas blancas y las plumas estaban preparadas para formar las alas angelicales de Manuel.
En ese rueiro, junto al atrio de la pequeña iglesia testigo del infantil desengaño, Outumuro ha situado algunas de sus fotografías. Están engastadas como joyas en los canastros, los abundantes hórreos de madera, hoy restaurados y repintados del color de la sangre de buey; en las ventanas y puertas cegadas por el abandono y en algunos ingratos muros de hormigón. Son quince las fotos de actrices, cantantes y modelos; en cualquier caso, retratos de mujeres. “Mulleres de outros mundos”, como dice Outumuro que le dijo una vecina al verlas.
El niño Manuel que se abrió paso en Barcelona y Nueva York, en el diseño gráfico y la fotografía, habló en el acto inaugural del insólito espectáculo que se ofrecía en A Merca. Parecía hacerlo desde un tiempo muy lejano; el de la propia niñez y el choque de la emigración a Barcelona. Es posible que también, con algún amargo desasosiego: “y ahora aquí estamos … en la Galicia baldía”. Un círculo que se cierra.
La insólita muestra de los retratos de mujeres de Outumuro, en A Merca, se ha prorrogado por segunda o tercera vez. Debiera quedar allí, para siempre; las fotografiadas son ya presencias cotidianas, parte de un nuevo censo de residentes en la localidad: asomadas al vacío de la aldea y sus horizontes infinitos del poniente. Las mujeres de “outros mundos” que Outumuro retrató, debieran permanecer en A Merca, como una posibilidad de redención colectiva … ¿en la tierra baldía?
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