Xabier R. Blanco
No es sólo fútbol
Para poder afrontar uno de los rasgos que mejor definen su personalidad, la pulsión irrefrenable por huir de la realidad, al presidente del Gobierno le gusta construir narrativas y funambulismos dialécticos. Y el más popular es que todo aquel que denuncia la corrupción sistémica de su entorno, familia, compañeros y amigos, es un facha.
Yo creo en los Derechos Humanos, en la igualdad de las mujeres y los hombres, no juzgo la condición sexual de nadie y respeto la opinión de todos, pero soy un facha porque me parece un verdadero escándalo lo que está pasando en este país. Si digo que es un aprovechado que ha engañado a propios y extraños para disfrutar de la Moncloa y sus privilegios, soy facha. Si critico la falta de ideas, la improvisación y las continuas rectificaciones del Gobierno, soy facha. Si me parecen bien las propuestas de la oposición, soy facha.
Toca asumir la realidad sin grandes aspavientos: seguramente querido lector usted también sea un facha
Si expreso mis ideas y estas no gustan a los “progres”; si defiendo la educación pública, pero también la concertada y la privada; si acudo a la sanidad pública, pero también a la privada; si digo que soy católico, que rechazo el aborto libre y no hago bromas de la Iglesia católica ni de sus sacerdotes mientras deseo feliz Ramadán; si defiendo los valores de la familia, soy facha.
Si no tuiteo contra Díaz Ayuso y no escucho la Cadena SER, ni comparto noticias de Público; si me río más con las hormigas de Pablo Motos, que con los chistes del mal gusto de David Broncano, soy facha.
Si no voto al PSOE o a Sumar, ni me considero a mí mismo superior; si defiendo el trabajo de la Policía, la Guardia Civil y el Ejército; si me gusta la Semana Santa y los toros, si prefiero las columnas del Debate a las de Arcadi Espada, soy facha, muy facha.
Pero la prueba del algodón es cuando defiendo que hay que comprometerse con nuestra cultura, historia y raíces; cuando me siento español y estoy orgulloso de nuestra bandera que me llena de orgullo cuando ondea sobre todos nosotros; yo que siempre me he considerado moderado en mis opiniones, defensor de la Constitución que nos dimos en 1978 y de las decisiones de los jueces legalmente establecidos por las leyes; que creo que la unidad de España es buena y en otras muchas más cosas que han permitido el bienestar de nuestra nación durante tantos años; debo de ser un facha de tomo y lomo.
¡Solo es demócrata el que piensa igual que ellos! Cualquier discrepancia es totalitarismo extremista y por tanto facha. ¡Jo… con la democracia! Consiguientemente como no pienso lo mismo, me atrevo a cuestionarlos y afirmo todo lo anterior, pues entonces el juicio parece claro y listo para sentencia, soy facha.
A estas alturas de mi vida, ¿quién me lo iba a decir? Pues parece que sí. Pero, vaya, un fachón en toda regla. Y bastante harto, por cierto, también, de tanta tontería, porque me aburren los que llaman fachas y fascistas a otros sin saber lo que fue el fascismo, sin saber qué supone usar en exceso las palabras hasta desgastarlas por completo. Y me temo que la sociedad actual va derecha a la idiotez más absoluta y a la indigencia cultural más profunda.
Pero en fin, que nadie se ponga tenso. Toca asumir la realidad sin grandes aspavientos: seguramente querido lector usted también sea un facha. Todos llevamos un facha dentro, pero no se preocupe porque no es para tanto. Ser facha es tan grave como ser cualquier otra cosa y habrá que aceptarlo si vivimos en un país de fachas.
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