Xabier R. Blanco
No es sólo fútbol
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
La prueba es muy sencilla. Hay que perderse por las costuras de la ciudad, por cualquier barrio al azar. Basta asegurarse de llevar los pies a buen paso y el corazón tranquilo. La tranquilidad es importante para que el ojo esté suelto, independiente del andamiaje de carne y pensamientos. Dejemos que sea él quien se detenga, permitiéndole posarse en los detalles definitivos. Si el ojo no está contaminado de modernidad hiperprocesada, si aún conserva las conexiones que enlazan con un alma buena, se quedará para examinar un edificio, o un portal o el resto de una tapia. Este ojo tranquilizado siempre escogerá lo que la ciudad ha abandonado a su suerte, las ruinas o las candidatas a ruinas, las casas vaciadas y clausuradas, las calles donde sobrevive algún árbol a medio amputar, allí donde se consigue soñar con la vida en calma de antes, cuando los vivideros aún no habían transmutado en autopistas de vertiginoso tráfico a motor.
Dios, si está en alguna parte, es en los intestinos
La prueba es casi siempre exacta. La conmoción se encuentra del lado de los desarrapados. Lo que esta civilización de la hipernoticia, el turismo rastrero y el mueble clónico identifica como válido es todo lo contrario a la belleza. La belleza es todo lo que se desprecia, una vez entontecidas las cabezas. Y la belleza, como solía ser con las personas, también tiene sentido común. La belleza tiene lógica y razón de ser, posee sentidos y se experimenta físicamente. Confiemos entonces en su llamado a la mirada reposada, a quien habremos de someter a un régimen desintoxicador de telefonito, sonidos fuertes y luces brillantes. Sólo así deviene la intuición, que nos indica desde las tripas los caminos y las respuestas, porque en las vísceras está la verdadera voluntad como especie. Esto lo sabían los antiguos druidas y lo reafirman los neurocientíficos. Dios, si está en alguna parte, es en los intestinos.
Cuando ese canal de inocencia se abre, echarse a caminar es el mejor de los lujos. Podemos conectar con la percepción verdadera y ser pasajeros de nuestro propio cuerpo, permitiendo que nos transporte por los lugares que él decida, mientras asistimos como espectadores a un modo de pensar más claro, más vulnerable, mejor. Un pensamiento desasido de nosotros mismos, que nos regala la comprensión de lo bello. Este asunto funciona, aunque comencemos nuestro paseo por lo que fue el Posío, ese jardín novecentista convertido en pista de hormigón sin sombra vegetal y con terrazas y columpios catastróficos que será recordado como el hotel Roma de esta corporación municipal. Al pasar por allí, el espíritu nos traerá pensamientos biensonantes y se fijará en algún árbol no derribado o cruzará la mirada hacia otro ángulo más amable. Pasaremos por delante, en la misma acera de la calle Progreso, saludando a las ferreterías vacías y edificios abandonados, enteramente en venta, que se han olvidado de que son hermosos y sólo esperan que los rescate algún inversor retorcido para exprimirlos como viviendas turísticas, no como casa de vecinos. En el cruce con García Mosquera está ese edificio en esquina, del siglo pasado, que resuelve el chaflán con una maravillosa curva continua. Este edificio nos atrapa por las fantásticas rejas metálicas correderas en lo que fue en el pasado (podemos espiarlo desde fuera) una fábrica de chocolate, cuando las ciudades tenían su honesto tejido local y se fabricaban gaseosas, embutidos o jabones y aún no había estallado todo por los aires. Llegar hasta aquí es soñar otra ciudad. Y sentir que hay belleza suficiente como para refundar Auria de su cataclismo. Que lo veamos pronto, antes de que los incapaces sigan destruyéndolo todo.
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