Xaime Calviño
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Un espacio público, como la calle o un parque de nuestra ciudad, es aquel en el que se pone de manifiesto, como hemos dicho en más de una ocasión, el grado de educación de las personas, pues hay que respetar las pautas de convivencia. Estamos obligados a cumplir con esas normas que facilitan nuestra relación social con nuestros convecinos. Y en esa línea se incluye, por ejemplo, el pasear al perro, exceptuando los espacios restringidos habilitados para esta actividad y destinados al esparcimiento de estos animales.
Quien deambula por la vía pública paseando a un cánido, tiene que hacerlo como un ejercicio de urbanidad, pues el animal, al margen de estar adiestrado, se comporta según las indicaciones de su dueño. Ya sabemos que hay ordenanzas que marcan las obligaciones para la tenencia de perros, y que claramente especifican que hay que garantizar una apropiada convivencia entre personas y animales que habitan en el entorno humano, estableciendo una serie de obligaciones a sus poseedores como responsables finales. O lo que es lo mismo, y básicamente, que el animal vaya sujeto y con bozal según la raza y que cuando 'hace sus cosas', hay que retirarlas.
Es obvio que, en términos generales, todos dicen conocer estas normas, pero no todo el mundo las asume y aunque vemos que sí hay bastantes personas que se comportan cívicamente, otras no lo hacen. Además hay que evitar el que el perro moleste a otros viandantes que están cerca de él, porque hay quien les tiene temor. Por eso, un dueño responsable, sabe que cuando pasea al animal, tiene que hacerlo, como decimos, respetando las normas de convivencia en un espacio compartido con otros.
La urbanidad se demuestra ejerciendo el civismo y el acto de pasear al perro es también práctica social que requiere el cumplimiento de unas normas. No es extraño escuchar en ocasiones, y cuando vemos que se actúa con negligencia en este sentido, frases como que 'tiene más educación el animal que el dueño'. Por eso, para evitar este tipo de opiniones, hay que cumplir con las pautas esenciales que establecen los propios mecanismos que conforman la civilidad.
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