Los peces no lo son sino cariños bajo el agua

HISTORIAS INCREÍBLES

Publicado: 21 jun 2026 - 00:40
Opinión en La Región
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Hoy me he dicho que voy a hacer unos versos, pero no de esos endecasílabos, ni de cesuras impecables y hemistiquios. Abro la ventana y ya entra sin pedir permiso este calor indomable y me da en las manos con las que te escribo, con afecto siempre, y con las que acaricio las flores que explotan, primero mínimas y luego preciosas. Son hermosas siempre, como tú, incluso cuando se deshojan.

Las cosas que te rodean, los árboles, las nubes, las casas, los ruidos de las azadas sobre la tierra parda, las cigüeñas que reduplican los sonidos para decir a sus polluelos mimos y payasadas, las prisas que aceleran los automóviles por esa calle tan larga… súbitamente cesan.

Y quedamos los dos frente a frente, solos porque todo se diluye, y me pongo a derretirme como un helado de fresa y nata. Y ya no sé rimar sino contigo, y ya no sé contar los versos sino a ti como uno bien guapo, y ya no sé cómo se acentúan tus ojos con los que me miras y me abrazas.

La tarde, juglar de las palabras, les queda bonita también a las mariposas. A los bichos en esta huerta les nacen alas y vuelan precioseando esta jornada que de tanto sol se me antoja sólo amarilla y con rayas. Y entonces, cuando el aire reverbera, apareces tú, y yo acostumbrado a contar las sílabas y a hacer las sinalefas, me quedo mudo de requiebros, piropos y lisonjas.

Y descubre que no son pescados sino besos que nadan. Pero no unos cualesquiera, sino adolescentes y puros como las palabras que me dices cuando finges que te enfadas.

Todos los días son prácticamente iguales a no ser que te estreche entre mis brazos. Entonces desaparece la monotonía. Lo demás me parece, te doy mi palabra, repetido y despreciable, monótono e insignificante.

Qué bonita me pareces cuando te pones a refrescar mismo con el agua de esa culebra larga y verde que se enrosca o se estira haciendo filigranas sobre la hierba. Y te empapa y pareces una niña que se ha ido al arroyo a dialogar con los peces. Y descubre que no son pescados sino besos que nadan. Pero no unos cualesquiera, sino adolescentes y puros como las palabras que me dices cuando finges que te enfadas.

Besarte bajo el agua es un placer indecible. Tus labios me saben entonces a calamares y sardinas plateadas… y las palabras, impronunciables, allí, son burbujas y gorgoritos especiales. El mar en este verano es una tinaja de cristal en la que meter nuestros pies y nuestras almas. Y es verde y blanca por las espumas y esas algas que son las pelambreras de esas sirenas que acompañan a Neptuno y cantan canciones que nos fascinan y nos emborrachan.

Los humanos somos un ochenta y cinco por ciento de agua, pero los veranos tienen un porcentaje más grande. Porque qué serían los veranos sin agua para poder mojarte y decirte estas cosas que te escribo cada tarde, cundo estrenas esos abalorios y transparencias para taparte.

Estate tranquila que no se lo contaré a nadie, no voy a decirles cómo braceas y estiras tus piernas blancas.

Los peces no lo son, sino cariños besucones bajo el agua.

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