Los pendellos del mercado

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 12 nov 2025 - 04:10 Actualizado: 12 nov 2025 - 08:00
Los pendellos del mercado
Los pendellos del mercado | La Región

La gran verdad está en los márgenes. En la anécdota. En lo menos relevante. Los tesoros que va guardando una ciudad (y también una vida) son casi siempre aquello que nadie pensaría nunca que iban a ser importantes. Quizá es lo que los mantiene intocados hasta nosotros, esa condición de ser elementos secundarios, de periferia, libres de las intenciones patosas de quienes deciden, que casi siempre lo hacen para meter la manaza y arruinarlo todo. Para eso está el paseo despreocupado, para ir atrapando en el corazón las sustancias marginales que ganan significado cuando todo lo demás se derrumba. Para ir cazando tesoritos supervivientes. Rincones y arquitecturas válidas ya no por hacerse visibles en medio de la destrucción, sino por su condición de presencias marginales, de olvidos que han pasado a ser recordatorios, toda vez que el tiempo decanta el paisaje urbano y separa el tumor del tejido saludable.

Junto al río Barbaña, que ya baja como una lengua muerta después de ser asesinado impunemente valle arriba, sigue estando el sitio de comprar, el mercado, en un edificio hermoso que acaba de cumplir cien años y nadie ha tenido el talento de reformar desde la razón abriéndolo a la ciudad. Pero no es de este asunto tan cansino de lo que habría que hablar aquí. Todo lo contrario. Estas líneas son para sublimar sus orillas, con todos los pendellos y puestecitos irregulares, que son los que verdaderamente tejen el zoco comercial. Algunos ya los ha hecho desaparecer la reforma, pero sobrevive el gran océano de puestos y tienditas de aluvión, esos puestecitos de “rianxo”, que quizá tome su nombre las batas de las pescantinas que traían verdulerías de las huertas vecinas, en una colorida y muy sincera forma de intercambiar productos.

Todo este mercado irregular, semifeísta pero honestísimo, tiene más verdad que ningún mercado moderno, higienizado y frivolón.

Dispuestos en varios frentes, con suelo y mesados de cemento bravo y cubiertas de uralita, tienen aspecto de chabolas y crecen en el paisaje como vísceras, adaptándose al terreno, haciendo un hueco para dejar pasar a un plátano crecido de entre las piedras o para sortear una caída de la ladera. Un maremágnum que alterna los mostradores populares continuos con quioscos exentos en ladrillo y otros puestecitos más o menos pintorescos. Todo este mercado irregular, semifeísta pero honestísimo, tiene más verdad que ningún mercado moderno, higienizado y frivolón. Tal vez no haya que comparar ambos mundos porque son asuntos diferentes y este, por existir, hay que protegerlo, adecentarlo (con mucha prudencia) y hacer lo posible para que no desaparezca. Lo informal y contravenido tiene que reclamarse por necesario, como los gérmenes en cualquier cuerpo vivo. Las superficies demasiado limpias y las luces demasiado inteligentes acaban con la vida de los lugares y hay que hacerle sitio a la roña y lo fuera de norma. Es vital un equilibrio de contrarios, invitar a lo no tan bello, porque estas visiones completan el resto del cuerpo y reequilibran la salud. Auria necesita de toda esta verdad porque se está convirtiendo en una ciudad tan de mentira que ya nadie la cree. En estos puestos, entre las ristras de cebollas y plantones de huerta todavía late una sinceridad rescatadora. Saber que una galaxia de economías pequeñas trae sus cestas de frutas y hortalizas y pone en funcionamiento un intercambio de decencias es algo a contracorriente del mundo y todos sabemos que a este mundo hay que hacerle frente desde su contrario. Sea cual sea el destino de la plaza de abastos, este lado de verdad, con su espíritu improvisatorio y genuino, no puede desaparecer. Que nadie desaparezca este verdadero rastro popular, donde la ciudad recuerda que es lugar humano y no catástrofe.

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