Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Cosas que no convienen
El río. La corriente de agua mágica que nace en la panza de la montaña y habla un idioma propio es interpretada por las corporaciones como un gran colector donde soltar su basura. Pero el río es un ser viviente con pleno derecho: tiene recuerdos, un tiempo propio y una dimensión espiritual. La vida de un río vale más que la vida de un hombre.
El subsuelo. Lo que hay bajo la tierra es casi más sagrado que lo hay sobre ella, porque es la vida previa, la compactación antigua de rocas, las selvas fosilizadas y los mares ancestrales. El subsuelo es la gran memoria del mundo.
El silencio. Es la voz misma del paisaje, donde no existe el ruido sino la alta y trascendente fidelidad. Superponer el ruido civilizatorio de máquinas y voces es atentar contra lo más puro de la existencia.
Los animales sintientes. El cangrejo con las pinzas sujetas en la piscina del restaurán, el pollo deforme engordado de antibióticos, el cerdo hacinado en las granjas ocultas en el monte. Todos los animales esclavos, vitaminados, no pertenecen al hombre ni están para su disfrute. Comerlos es ingerir su sufrimiento.
La montaña. Hay que recordar que el paisaje es algo superior a nosotros, que en las cumbres habitan los dioses y los hombres no son quien de romperlas, perforarlas o llenarlas de artefactos inútiles. Todo el planeta debería ser declarado parque natural y entender de una vez que el paraíso no está en otra vida, sino aquí mismo.
El cosmos. La basura ha roto los límites planetarios y orbita por ahí impunemente, mientras los millonarios tecnofeudales salen de la estratosfera para darse un rulo absurdo y contaminador y romper la noche con cohetes inútiles que no nos dejan ver las estrellas.
El aire de afuera. Nuestro aliento es algo más que aire vital. Es la respiración del planeta que nos es prestada para experienciar la comunión con todo lo vivo. Es el espíritu que entra en nosotros.
El tiempo. El tiempo natural tiene pausas, latencias, regresos. Acelerar los cultivos, manipular semillas, hackear los ciclos y despreciar la regeneración es un pecado imperdonable. El tiempo tampoco está a nuestro estúpido servicio.
La tierra que pisamos. Bajo nuestros pies, en apenas un metro cúbico de suelo hay tanta vida como en el resto de humanos en el planeta. La próxima revolución será descubrir y comprender la vida microscópica que habita bajo nuestros pies, en nuestras entrañas y estados de ánimo.
La vida. Somos parte del tejido vivo del mundo, un nodo incomprensible en la gran red de la vida. Y la vida no se posee, no se controla, no se explota. Al revés: se comparte. Se honra.
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