Las persianas de madera

Publicado: 21 may 2025 - 03:05
Opinión en La Región.
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Una ciudad periférica es una hermosa imagen de la vida. Desde los márgenes se distinguen mejor los mecanismos de los hombres y, en la cosa provinciana y circular se revelan nuestros comportamientos recurrentes, las celebraciones, las naderías y el relevo sucesivo de sus vecinos. En este enjambre doméstico crecemos y envejecemos mirándonos los unos a los otros, sabiendo quien se reproduce, quien enferma, quien muere. Todo es compartido. La cosita del vivir, concentrada en pocas calles, sucede con mucha sustancia y la brevedad de los años se concentra en sitios que duran apenas lo que una generación, porque la desmemoria y la profanación son ley en estas geografías de pensamientos torcidos y cabezas duras.

Quizá, en los lugares pequeños se vive mejor porque la vida se muestra mejor. Es ideal pasar el poco tiempo que estamos aquí dando vueltas escogiendo ciertos lugares buenos, alguna placita, algún negocio, un edificio que llama al ojo y al corazón desde no sabemos cuándo. Rinconcitos que nos eligen y siempre examinamos, para saludarlos hasta que uno de los dos, ellos o nosotros, dejemos de estar en el juego. A veces son detallitos que guardan las casas, como las persianas de madera, que tuvieron su momento y hoy son unas pocas resistentes a punto de desaparecer. Las persianas enrollables son una solución peor que las contraventanas a la hora de negociar la presencia del sol dentro de las casas. Contraventanas y toldos llevan existiendo muchos siglos, pero somos una sociedad de lo peor, que elige casi siempre lo más feo cuando tiene alguna triquiñuela técnica que lo hace más sencillo y conveniente, esa palabra de mercader en la que comienzan muchos cataclismos.

Hay que despedirse de ellas y agradecerles su belleza en este tiempo que nos ha tocado disfrutarlas. Qué le vamos a hacer.

Si uno camina con los ojos hacia arriba en cualquier calle querría dinamitarlo todo. El 99% de los edificios nuevos son el horror. Fealdades de hormigón supuestamente proyectadas, aprobadas y construidas por gente que ha estudiado arte e historia de la arquitectura y que moldean con sus torpezas nuestro día a día. Las persianas de plástico integradas en las modernísimas ventanas de PVC y aluminio son una cosa insoportable, pero sus protoparientes, las persianas de madera, encajadas como un puzzle enrollable, que vestían ventanas y edificio como una idea única, recuerdan cuando lo útil era todavía bello. Quedan desperdigados en Auria algunos edificios del temprano siglo XX que todavía no han traicionado a estas persianas de madera en uno de esos liftings de amnesia criminal legalizada por los arquitectos municipales. Se cuentan con los dedos de una mano, pero a veces aparece alguno para apuntarlo en el inventario del flaneur. Resisten bastantes persianas de madera originales en los edificios franquistas frente a la estación de tren (nadie las protege y el resultado es un tuttifruti horroroso), en la casa de los Fonseca en el paseo (donde estaba la maravillosa pastelería Ramos y ahora una joyería de baratijas con unos carteles intolerables) y algunas casas modernizantes en las costuras del casco viejo, cuando la ciudad era poca cosa y no había crecido como un tumor feísta. Pero aún mejor que las ventanas enrollables de madera son su versión como toldo corredero, como las que perviven en Italia, que se pueden inclinar hacia afuera y jugar como aliados con el sol y la brisa. Sobreviven en el edificio-ruina de la ferretería Lamas, en ese arranque abandonado de la calle Progreso, que hacen contener la respiración cuando se pasa por ahí. Hay que despedirse de ellas y agradecerles su belleza en este tiempo que nos ha tocado disfrutarlas. Qué le vamos a hacer.

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