La plaza de la herrería

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 23 jul 2025 - 01:55
PLAZA DE LA HERRERERÍA
PLAZA DE LA HERRERERÍA | JOSÉ PAZ

Una ciudad es un estado mental. Un barrio, un pensamiento. Esto es así porque la arquitectura es sobre todo un consuelo. Porque los vivideros son intentos más o menos afortunados de curarse de la intemperie. Es donde cada uno encuentra en la calleja concreta, en el edificio amigo, aquello que le falta y le completa, porque no hay nada más maternal que ser acogido por algo más grande y sentirse suficiente en un rincón. Esta debería ser la función de lo construido por el hombre: contener al hombre. Sentirse querido por el espacio y encontrar una protección contra el afuera; un cobijo, como cualquier bicho. No es difícil regresar a esta sensación de recogimiento en las ciudades viejas, de cuando el protegerse era una cuestión de instinto y las calles tenían la misma forma que el paisaje, torciéndose por la loma, abriéndose como el río, subiendo con la colina y haciendo del desnivel celebración. Cuando la tierra previa era el destino final y ningún mindundi con retroexcavadora se creía más importante que el collado, reservándose eso de ser faraón al verdadero faraón.

La prueba es muy sencilla. Hacerse el flanneur un ratito breve por la ciudad vieja y pasear sin demasiado rumbo, arropados por las calles que fueron arroyos y senderos, que son trocitos de bosque empedrados, donde todavía hoy, a pesar del desgobierno y la violencia de los propios vecinos contra su patrimonio, permanecen el silencio y la quietud de aldea. Cuando se desemboca en las calles grandes del ensanche (tremendo sueño decimonónico, ensanchar calles y cabezas), regresan el ruido y la violencia de la sopa urbana y se echa de menos el paseo por lo pequeño y contenido. La idea es caminar las calles antiguas sin fijarse demasiado en los edificios, para no acumular muchas decepciones, desatender los solares vacíos de casas caídas, las reformas irreparables o los portones de PVC que asesinaron para siempre una puerta antigua que no volverá nunca, porque lo viejo no se puede inventar.

No hacía falta esta absurdez cuando ya existen las hermosas farolas de hierro en las fachadas, que dan una luz ambarina y mágica

En la Auria antigua, al venir de la calle Cervantes hacia la calle Villar, la plaza de la herrería es uno de esos sitios en los que parece que hay un futuro para el casco histórico y se viene el pensamiento de que quizá querríamos quedarnos a vivir para siempre y, a la vez, pasar de largo y escapar. Es como si le faltase algo a este lugar. Aparentemente es una esquina con pasado de zoco y hecha para caminar (aunque siguen pasando coches porque no hay peatonalidad que valga en una ciudad cochista). Sin embargo no invita a ser plaza para el esparcimiento de los vecinos quizá porque no hay bancos para sentarse (y tampoco vecinos), quedando como una isla maldita en medio del casco viejo. Quizá lo más desapacible de esta plaza sea la desafortunada luminaria plantada en el medio. Un farolón absurdo, que sólo afirma la mediocridad del que decidió clavarlo ahí, totalmente descontextualizado y generador además de una luz blanca horrible que rompe el equilibrio espiritual del lugar. No hacía falta esta absurdez cuando ya existen las hermosas farolas de hierro en las fachadas, que dan una luz ambarina y mágica. Si no fuera por la casa con los balcones llenos de flores, que es un poema abierto a la calle, esta plaza aldeana no deja de hacer fuerza para reencontrarse consigo misma y volver a ser un lugar de calma y encuentro en la almendra poética de esta pequeña Compostela. Habría que desclavar ese mamotreto para que regresen las ninfas. Porque todos sabemos que aquí viven las ninfas.

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