La plaza de la Trinidad

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 02 abr 2025 - 00:05
Plaza de la Trinidad.
Plaza de la Trinidad. | José Paz

Toda ciudad es su ciudad vieja. Por mucha que sea la destrucción, allí permanecen los sueños de quienes hicieron habitación para ver salir al sol cada día sobre el mismo cerro. No hay otra ciudad que esa que soñaron los que estaban antes. La de los privilegiados que conocieron el valle y los ríos libres de edificios y carreteras. A ellos se les debe lo que continuaron otros, añadiendo capas al suelo, convirtiendo al arroyo en calleja, a la huerta en edificio, al prado en parque. Es esa cosa orgánica y levantada sucesivamente sobre la ruina previa a la que hay que presentar respeto. Porque quizá el gran pecado es caminar sobre la desmemoria. En la amnesia enraíza la torpeza. Cuidado con los amnésicos.

Por mucha que sea la destrucción, allí permanecen los sueños de quienes hicieron habitación para ver salir al sol cada día sobre el mismo cerro.

Uno va y vuelve a la ciudad vieja. Ya no para vivirla, que también, sino para buscar esa memoria pendular que recuerda que eres parte de esta cosa. Uno la camina y piensa que, quizá, una sociedad que hubiera hecho las paces con su pasado, no permitiría que se cayesen las casas y las plazas se truncaran con empedrados sin árboles o luminarias ridículas. Pero no tenemos otros habitantes que estos que somos y el destino, si acaso hay un destino, será tan mediocre como nosotros mismos. Aunque sea un casco viejo abierto al tráfico, donde todo vehículo a motor está invitado a circular con impunidad, aunque cualquier comunidad de vecinos tenga la libertad de elegir entre su infinito mal gusto para cambiar las ventanas y puertas históricas por cualquier cosa tremebunda, este es el sitio nuestro.

Por eso reconfortan los lugarcitos con sabor campesino dentro de la vieja almendra. Cuando una calle angosta hace memoria de cuando fue sendero o un muro de aparejos sucesivos habla de sus genealogías previas. Según se camina hacia el fondo de la ciudad por su costura sur, casi en la antigua cerca, la plazuela de la Trinidad es uno de esos rincones rescatables. Hace un siglo que la estiraron queriéndole dar dignidad, pero lo suyo debía ser lo pequeño y eso no se le ha olvidado. Hasta ayer era el sitio para unos maravillosos mercadillos de quincalla que vienen de la Edad Media. Pasar por aquí da paz. Para empezar, hay árboles, cosa rara, aunque sean unos plátanos de sombra bastardos, podados sin mucho tino y encerrados por el empedrado con guijarros de río, que ayuda a recordar el espíritu de antes. También hay una fuente sin agua y un muro de sillares viejos, que tal vez sean románicos o del cementerio romano que está aquí enterrado. La plaza está rodeada de catástrofes: el edificio moderno con soportales (que habrá asesinado a otro antiguo, también con soportales), el solar descascarillado al frente, paredes de edificios en ruinas y negocios honrados como la pescadería o la panadería, cerrados a la espera de que un fondo buitre haga de esto un hotel a cielo abierto. Las escalerillas porticadas que dan acceso a la iglesia, con su verja que se cierra a la hora señalada, son lo mejor de la plaza.

Para empezar, hay árboles, cosa rara, aunque sean unos plátanos de sombra bastardos, podados sin mucho tino y encerrados por el empedrado con guijarros de río, que ayuda a recordar el espíritu de antes.

Es un gusto sentarse allí o en alguno de los bancos para sentir la Auria aldeana que es la madre de la Auria despistada de superficie. Y más en la noche, con la luz ambarina que respeta al paseante. Si se consigue algo de silencio (¿ya se ha dicho que en la Auria peatonal pasan coches?), uno puede ensoñarse y hacer conversación con la ciudad de abajo, que es la real, la que nos salva.

Contenido patrocinado

stats