Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Casañas Pedrares, lo llevas en la sangre
En un tiempo donde empezamos a sensibilizarnos por la necesidad de tener acceso a los llamados “metales críticos”, acceso que los europeos tenemos bajo mínimos, se abre de nuevo la discusión acerca de la viabilidad de volver a abrir minas para explotar esos minerales y no depender de países como Rusia o China. Pero la sensibilidad medioambiental de los europeos parece que no está muy por la labor de volver a tener una mina cerca de tu casa. Pese a que la normativa europea obliga a que cuando una explotación minera termina, debe dejar el terreno exactamente igual, o mejor, que antes de iniciarse la explotación, nuestros anticuerpos frente a la minería siguen siendo muy altos. Y puede entenderse después de muchas catástrofes medioambientales que han producido algunas minas al desbordarse balsas enormes de lodos (en España hemos tenido alguna) y la generación de miles de toneladas en montañas de escombros. Por cada tonelada de metal extraído de la tierra, se generan entre una (en el caso más optimista del hierro) y quinientas toneladas (en el caso del uranio) de residuos. Hay algunos metales menos abundantes, como el oro, que pueden generar hasta 3.000 toneladas de escombro (la causa es que se explotan con “leyes” bajísimas). Se entiende que estos números puedan generar estupor en cualquier ciudadano con una cierta cultura medioambiental. Pero la necesidad de los metales críticos es una realidad aplastante. ¿Qué podemos hacer? Pues hacer lo que siempre hacemos los seres humanos, desarrollar nuestro ingenio.
La lixiviación in situ abre las puertas a una minería sin minas, más sostenible, y mucho más amigable desde el punto de vista medioambiental.
Existe una variante en metalurgia extractiva, la que extrae los metales de los minerales, que tiene el nombre de lixiviación (recordemos que, de una mina, extraemos minerales que después de concentrados han de someterse a procesos que “extraigan” los metales puros, y a esto le llamamos metalurgia extractiva). Los procesos hidrometalúrgicos, entre ellos la lixiviación, son hoy más del 50% de los procesos utilizados para conseguir metales. ¿Y que es la lixiviación? Es un proceso mediante el cual un liquido disuelve el metal que hay en un mineral, liquido del cual, a su vez, hay que extraer el metal. El líquido puede ser un ácido, una base u otros compuestos, dependiendo del metal/mineral. Para entenderlo con facilidad, cuando extraemos el sabor de una bolsa de te con agua caliente, estamos “lixiviando” y si tuviéramos azúcar mezclada con arena, podríamos “lixiviarla” disolviéndola en agua. Hacia la mitad del siglo XX, a alguien se le ocurrió la “lixiviación in situ”. Localizado un yacimiento, podemos perforar e inocular el líquido lixiviante, dejar que haga su trabajo y volver a extraer el líquido, pero con el metal a explotar ya disuelto en el líquido. De esa manera no hay que hacer una mina a cielo abierto o galerías donde perforar, y además nos evitamos algunas etapas de concentración del mineral. Y, sobre todo, minimizamos el volumen de escombros que se generan. Pero hay pegas. La lixiviación in situ funciona especialmente bien en depósitos de mineral que sean permeables, con una química favorable (que no se disuelvan también) y que estén confinados en capas de otros minerales, estos si, impermeables. Y estas condiciones no se dan en todos los minerales. Pero en los años 50 del siglo pasado, en Rusia y EEUU comprobaron que esto podía funcionar con el uranio, ya que se aloja en areniscas que cumplen todos los requisitos. Y la utilización de la lixiviación in situ fue creciendo en la explotación de uranio. Hoy, en el mundo, todos los países que explotan uranio, en casi un 60% lo hacen mediante esta tecnología (especialmente Kazajistán y China), que no genera apenas residuos, es mucho más barata y menos agresiva con el medio ambiente. Otros metales como el oro o el cobre, también pueden explotarse mediante esta tecnología, pero no en todos los tipos de yacimientos es posible y requiere de una mayor investigación su puesta en marcha.
La lixiviación in situ abre las puertas a una minería sin minas, más sostenible, y mucho más amigable desde el punto de vista medioambiental. En el momento de la gran necesidad que tenemos de metales críticos, tenemos la obligación de mirar hacia esta posibilidad de explotación minera.
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