Lalo Pavón
O AFIADOR
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SENDA 0011
Hace unos meses, repasando con mi equipo la lista de iniciativas en marcha en la compañía, me ocurrió algo incómodo. Cuando llegamos al final, no era capaz de explicar con claridad cuál era la prioridad. Todo era importante. Y cuando todo es importante, nada lo es. Salí de aquella reunión con la sensación de haberme estado mintiendo a mí mismo durante meses, vestido de prudente decisor. Cada uno de aquellos síes, en su día, había sonado a oportunidad. Sumados, se habían convertido en ruido.
Llevo dándole vueltas desde entonces a una idea sencilla. Decir que sí parece, casi siempre, una decisión generosa. Decir que no, en cambio, suena a obstáculo, a falta de ambición, incluso a mala educación. Y, sin embargo, el precio real de un proyecto, de un acuerdo, de un compromiso personal, no se paga el día que se firma. Se paga en lo que dejas de cerrar mientras aquello sigue abierto.
Lo que salta, despacio, es la calidad de lo que entregas y la moral de quien lo entrega. Y los clientes que de verdad importan empiezan a sentir, sin saber por qué, que ya no son tan importantes.
En empresa, esto es de manual. Cada nueva iniciativa parece estratégica vista en aislado. Entrar en un mercado, abrir una línea de negocio, abordar una nueva certificación, atender a un cliente con condiciones especiales. Mirados uno a uno, son síes razonables. Mirados juntos, son una declaración de guerra contra la propia capacidad de ejecución, que sigue siendo finita por mucho equipo que pongas. Lo perverso es que, mientras la suma se va volviendo inviable, cada decisión individual sigue pareciendo correcta. Nadie se sienta a explicar al consejo que el problema no es ninguna iniciativa concreta, sino la coexistencia de todas ellas. Ese diagnóstico exige una madurez que no es nada cómoda, porque obliga a admitir que durante meses se ha confundido actividad con avance.
En los equipos profesionales, en cualquier despacho, agencia o consulta de Ourense, ocurre con disimulos parecidos. El director suma clientes, líneas de servicio, áreas de práctica. Cada incorporación parece prudente: rentabiliza estructura, abre mercado, fideliza al socio. Lo que rara vez aparece en la pizarra es la cuenta inversa: cuántas horas reales le quedan al equipo bueno para atender bien al cliente bueno. Cuando esa cuenta se rompe, no salta una alarma. Lo que salta, despacio, es la calidad de lo que entregas y la moral de quien lo entrega. Y los clientes que de verdad importan empiezan a sentir, sin saber por qué, que ya no son tan importantes.
En lo personal pasa de manera más silenciosa. Aceptas una conferencia, una reunión, un favor, un consejo a alguien. Cada cosa, por separado, es un detalle. Sumadas, son las semanas que no estás donde quieres estar. La factura no llega en forma de queja. Llega en forma de cansancio difuso, de calidad que baja sin que nadie te lo diga, de proyectos que en tu cabeza llevan abiertos demasiados meses sin avanzar. Y, sobre todo, de la sensación incómoda de que estás permanentemente reaccionando, nunca eligiendo. El sí cómodo es muy barato en el momento de firmarlo y carísimo en el resto del año.
La salida no es decir que no por sistema. Es atreverse a cerrar lo que ya está abierto. Esa es la dosis incómoda. Cerrar significa admitir, públicamente, que la decisión de abrir fue, como mínimo, prematura. Pocas dosis de humildad ejecutiva son tan útiles ni tan poco celebradas. Nadie aplaude al directivo que retira una línea que él mismo defendió hace dos años. Y, sin embargo, ese gesto suele liberar más capacidad real que cualquier plan nuevo. Lo mismo vale para un comité de dirección, para un consejo de administración y para un calendario personal.
Si esta semana solo te llevas una idea, llévate esta. La próxima vez que te tiente un sí cómodo, hazte una pregunta corta antes de firmarlo. ¿Qué voy a tener que dejar a medias para sostener esto? Si no eres capaz de responder con nombres y apellidos, todavía no estás en condiciones de decir que sí. Y si la respuesta te incomoda, probablemente acabas de descubrir cuál era la verdadera prioridad.
El coste de la abundancia no se paga en lo que entra. Se paga en lo que no llegas a cerrar.
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