Luis del Val
Los novios de la muerte
Han sido objeto de numerosas películas. De novelas, de documentales, de series televisivas, de piezas de teatro. Los Amish. Su vestimenta parda, anticuada, sus mujeres cubriendo sus cabezas con un pañuelo oscuro o negro, con sus alargadas capas blancas los días festivos; sus numerosos poblados, desperdigados por varios estados del este y del centro de Estados Unidos (destacan Pensilvania, Ohio y Kentucky), y sus ligeros carruajes (calesas), ágiles, movidos por el trotar del caballo, alejándose por un camino no asfaltado, han creado una aureola de intriga y misterio en torno a estas colonias: los Amish. Pertenecen a una rama de la iglesia cristiana de los Mennonitas que en 1693 se desgajaron de un grupo de anabaptistas radicados en Suiza, liderados por un tal Jacob Ammann. De ahí el nombre: Amish. Su habla (Pensilvania Dutch) es una forma dialectal entre el alemán, el inglés y el holandés. Su población se acerca al cuarto de millón con presencia en el sur de Canadá (Ontario), y en el condado de Lancaster. Es una de las minorías religiosas con más alto nivel de nacimientos del mundo, cercana a los siete hijos por familia. Su emigración a América del Norte fue resultado, como en el caso de los Shakers y Cuáqueros, de la Guerra de los Treinta Años que enfrentó a católicos y a protestantes en un mar de odio y de sangre.
El rito de iniciación, entre los 16 y 25 años, es través del bautismo. Éste marca a sus miembros de por vida, obligados a desposarse dentro de la fe que practican. Cada comunidad, constituida por una media de veinte o cuarenta familias, la encabeza un obispo y varios ministros y diáconos. Sus ordenanzas (Ordnung) regulan la vida cuotidiana de sus miembros: abstención del uso de los medios modernos de existencia como electricidad, teléfonos, automóviles, formas modernas en el vestir, seguridad social, asistencia médica procedente del Gobierno, servicio militar. La expulsión de la comunidad, e incluso la excomunión, es el precio a pagar de no seguir las ordenanzas.
En línea con su creencia en el pacifismo y en la humildad, rechazan toda actitud arrogante, de orgullo y prepotencia. Abogan por las buenas formas, la calma, la placidez en la meditación serena y en la voluntad divina. Su feroz defensa del individualismo, tan central en la cultura norteamericana, tiene como consecuencia el rechazo de las tecnologías modernas. El fundamento teológico de los Amish se basa en la Biblia, guía de rectitud y moral. Se consideran un pueblo escogido por Dios, una nación bendecida, de acuerdo con la epístola de san Pedro (1, 2, 9), y en desacuerdo con los deseos terrenales (Romanos 12, 1) y en frontal rechazo de sus bienes (1 Juan, 2, 15). El canto de sus himnos, parte de los ritos religiosos de los Amish, es lento, pausado, y sus lecturas bíblicas siguen la versión del monje agustino Martín Lutero. La obediencia estricta es parte de la pedagogía que transmiten padres y predicadores. No se tolera el insulto, el apodo humillante, la blasfemia y menos las palabras profanas.
La forma singular de la vida comunitaria de los Amish ha sido objeto de continua discriminación. La reflejó el gran film de Meter Weir, Witness, rodado en Lancaster. Obtuvo un Oscar y fue elegido para otros premios. Presenta la figura de un detective (Harrison Ford) que, infiltrado en la comunidad, investiga el asesinato que había presenciado un joven Amish. El documental Devils Playground (2002) documenta a un grupo de jóvenes Amish alienados entre el mundo de habla en inglés y el propio dialecto. Numerosas novelas han retratado el mundo de los Amish, unas exagerando su vida comunitaria, otras recreando y corrigiendo establecidos prejuicios. Destaca Rosanna of the Amish de Joseph Yoder -en donde describe la historia de su madre y la del escritor-. Tuvo continuación en Rosannas Boys. Son frecuentes en comunidades aisladas, y replegadas dentro si, los casos de abusos sexuales tales como violaciones, incestos, pederastia. Y el hecho de que la denuncia sea causa de expulsión de la comunidad ayuda a silenciar tales abusos. Tal fue el caso de Mary Byler, violada por sus hermanaos más de cien veces, entre los ocho y catorce años, excomulgada y reprobada por la comunidad por denunciar tales abusos.
El poder de la palabra divina, su búsqueda o lectura en el Antiguo o Nuevo Testamento, ha sido fundamento para la gran variedad de ramificaciones cristianas que se han ido estableciendo a lo largo de los siglos. Y es paradójico que en el llamado Nuevo mundo, viejas raíces de la fe cristiana, ya desvanecidas en la vieja Europa, persistan con tan arraigada celebración cultural. Es cuestión de creencia y de fe, tan arraigadas en la psique del ser humano.
(*) Parada de Sil
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