Puertas al campo

TINTA DE VERANO

Publicado: 11 feb 2026 - 03:55
Opinión en La Región
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La propuesta de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años ha entrado con fuerza en el debate público. Padres, educadores y responsables políticos observan con inquietud el impacto que estas plataformas tienen en la vida cotidiana de niños y adolescentes. Pero la pregunta ya no es tanto si las redes influyen en los menores, sino hasta qué punto la sociedad debe intervenir para limitar ese acceso.

Quienes defienden la restricción argumentan que las redes sociales no fueron diseñadas pensando en el bienestar infantil. Sus algoritmos buscan maximizar la atención, no proteger el desarrollo emocional. En edades tempranas, cuando la identidad aún se está formando y falta cierta madurez emocional, la presión por la imagen, los “me gusta” y la comparación constante puede generar ansiedad, baja autoestima y dependencia.

Las experiencias en otros países muestran que, cuando las restricciones son estrictas pero el control es débil, los usuarios simplemente falsean su fecha de nacimiento.

Otro factor relevante es la exposición a riesgos difíciles de gestionar sin supervisión. El ciberacoso, el contacto con desconocidos o la difusión de contenidos violentos o sexualizados son amenazas reales. Aunque existen controles parentales y configuraciones de privacidad, en la práctica muchos menores los eluden o los desconocen. Una prohibición clara simplificaría el marco de protección y enviaría un mensaje social contundente.

Sin embargo, la medida también despierta críticas. Las redes sociales no son solo espacios de riesgo, sino herramientas de socialización, aprendizaje y expresión. Para muchos adolescentes, especialmente en entornos rurales o con menos oportunidades de ocio, internet es una ventana al mundo. Limitar el acceso puede empujar a los menores a utilizar plataformas de forma clandestina, sin orientación ni acompañamiento adulto.

Además, la aplicación práctica de la prohibición plantea dificultades. La verificación efectiva de la edad sin vulnerar la privacidad es un reto aún no resuelto. Las experiencias en otros países muestran que, cuando las restricciones son estrictas pero el control es débil, los usuarios simplemente falsean su fecha de nacimiento. Sin mecanismos fiables, la norma corre el riesgo de convertirse en una mera declaración simbólica.

También surge aquí el debate sobre la responsabilidad compartida. Centrar la respuesta únicamente en la edad de los usuarios puede desviar la atención del papel de las propias plataformas. Muchos expertos sostienen que la regulación debería obligar a las empresas tecnológicas a rediseñar sus servicios con estándares de seguridad infantil, limitar prácticas adictivas y moderar contenidos de forma más eficaz, mejorando el entorno digital.

Por otra parte, la educación digital aparece como una alternativa complementaria o incluso prioritaria. Aprender a gestionar el tiempo de uso, identificar riesgos, proteger la privacidad y desarrollar pensamiento crítico son habilidades esenciales en el siglo XXI. Retrasar el acceso sin formación podría posponer el problema en lugar de resolverlo. La clave no está solo en cuándo entran los jóvenes en las redes, sino, particularmente, en cómo lo hacen.

En el fondo, esta discusión refleja una tensión más amplia, entre protección y autonomía. La infancia necesita límites, pero también preparación para un mundo cada vez más digitalizado. Una prohibición reflejaría prudencia ante riesgos evidentes, pero difícilmente sería la solución completa por sí sola: sin el equilibrio adecuado entre regulación, responsabilidad empresarial, educación y acompañamiento familiar, será como poner puertas al campo.

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