La roseta hexapétala de la plaza de San Marcial

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 11 feb 2026 - 05:10
José Paz

Habitamos un mundo simbólico. Un universo paralelo de signos protectores que están con nosotros desde la noche de la especie. La magia ya era magia cuando nos pasábamos el fuego y marcábamos las manos en la pared. Necesitamos magia como necesitamos cobijo. Y el cobijo comienza con su deseo, porque todo amparo comienza con un anhelo, además de una necesidad. Nuestro espíritu es sensible. Ha sentido desde siempre los lugares de tránsito, las fronteras veladas en las que el mundo se abre al trasmundo, cuando muertos y vivos están cerca y las energías se manifiestan en forma de desgracia o maldición. Por eso el hombre lleva desde antiguo creando marcas para alejar el mal, para pedir tutela, para alejar la enfermedad. Cruces, ramos, herraduras, figuras geométricas... Todo es poco para proteger de brujas y envidias, de robos y de diablos. Las inscripciones votivas se han dispuesto en ermitas y templos, en encrucijadas simbólicas, en calles importantes, en cursos de agua y hasta en cuadras. Bajo la superficie aparente se dispone una cartografía simbólica que sigue las líneas telúricas del planeta, el entramado de tensiones invisibles de una red que algunos hombres con visión saben leer en el cuerpo, en los flujos de las aguas, en los pliegues del paisaje. Portales que marcan con menhires, ermitas, líneas simbólicas, porque allí suceden los encuentros de este campo fronterizo en la piel del planeta. Conviene encomendarse al santo, persignarse tres veces o rodear la piedra, pues somos acción y reacción de un mismo mecanismo mágico. Energías al encuentro de energías.

En cada puerta está grabada dos veces esta flor de seis pétalos, un motivo geométrico antiquísimo. Seis pétalos como las seis direcciones del espacio, el orden natural de las cosas.

La piel y la carne de Auria están plagadas de símbolos. Podemos acariciar cada marca y encomendarnos en cada lugar de tránsito, tejiendo una religión personal a medio camino entre el feng shui, la simbología católica y el paganismo new age. Es bueno contarse historias y repensar el pasado desde ángulos complementarios, que somos bichos necesitados de relato y hemos venido a sobrevivir. Cuando pasamos el gran nodo de la Catedral y la antigua atalaya que un día fue Pena Vixía, cruzado el río subterráneo que sigue sonando cantarín bajo los escalones de la rúa Bailén como una línea de energía primigenia, llegamos a la plaza de San Marcial, donde su fuente ahora sin agua marca otra línea esencial. Sobre ella se abre el palacete del número 25 de la rúa Hernán Cortés, abierto a la plaza con dos blasones en su fachada y el hermoso portón decorado con la roseta hexapétala.

Este dibujo sencillo es una vieja marca de protección, antigua como la rueda solar, asociada al ritmo de las estaciones y a la regeneración. En cada puerta está grabada dos veces esta flor de seis pétalos, un motivo geométrico antiquísimo. Seis pétalos como las seis direcciones del espacio, el orden natural de las cosas. Las rosetas de estas puertas se han grabado a partir de un círculo central del que parten seis lóbulos iguales, organizados con una simetría perfecta y con sendos orificios sobre la hermosa madera verde. Habrá sido dibujada con un compás rudimentario de idéntica manera desde la noche de los tiempos, como forma elemental nacida de dividir el círculo. La hexapétala aparece grabada no como una decoración gratuita, sino como signo protector que aleja el mal, el fuego y la enfermedad. Por eso la encontramos en puertas y ventanas, que son puntos de paso y, por tanto lugares de vulnerabilidad. Así lo pienso cuando me la encuentro, paladeando la fantasía de que el mal se quede afuera. Que su presencia nos proteja y siga en estas puertas por muchas generaciones.

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