El quinto, un soldado por sorteo

TRIBUNA

Publicado: 13 feb 2025 - 04:50
Foto cedida por la familia Chao 1921. Quintos en Aviación.
Foto cedida por la familia Chao 1921. Quintos en Aviación.

Suerte?, ¿desgracia?...Caer soldado era una incógnita. Quitaba el sueño. Lógicamente, al dolor que imprimía la ausencia de un hijo, se le añadía la incertidumbre del destino. De ahí que pocos cuadros presentasen un tinte tan melancólico, como, primero, el sorteo del quinto; y, luego, la marcha al cuartel. Es cierto que, en las primeras décadas del siglo XX, con la pérdida de las últimas colonias americanas, al menos, se había esfumado la triste perspectiva de ser destinado a ultramar. Aun así, los compromisos adquiridos en política exterior por el gobierno de España, hicieron que muchas familias, se afligiesen, anticipadamente, temiendo que a sus vástagos les pudiese tocar servir en posiciones españolas en África. La suerte o la desgracia, inevitablemente, elegía al soldado.

Fiesta de quintos en Leiro.
Fiesta de quintos en Leiro.

Felipe V, primer Borbón en España, deseoso de imitar el modelo francés, había establecido que, al igual que se destinaba la quinta parte de las riquezas de los territorios descubiertos a las arcas del monarca, de la misma manera se eligiese, el mismo porcentaje, de los mozos en edad militar, para formar parte del ejército real. Fue así como los quintos al servicio de la monarquía se comenzaron a reclutar por sorteo. Posteriormente, en 1812, en Cádiz, se instauraba el servicio militar obligatorio, y, si bien a lo largo del tiempo, el sistema sufrió numerosas modificaciones, hasta su desaparición, recién iniciado el siglo XXI -en 2001-, de forma secular, tanto la denominación de “quinta” como “quintos”, permaneció, coloquialmente, arraigada en la conciencia colectiva de la sociedad.

Quintos en Leiro celebrando el buen número. Vida Gallega nº 123.
Quintos en Leiro celebrando el buen número. Vida Gallega nº 123.

Fue el ejecutivo de Canalejas, el que pretendió poner un poco de cordura en un modelo de reclutamiento injusto que permitía la sustitución y la redención de los mozos a cambio de dinero. Era un dislate. Alguno se libraba de cargar el chopo abonando en metálico 1500 pts. -si le tocaba servir en la península-, o, 2000 pts. -si el destino era ultramar-. Por eso, tratando de acabar con estas componendas, el gobierno liberal, presidido por el ferrolano, en 1912, lo hacía obligatorio. Lo convertía en un servicio personal e intransferible. Bien es verdad que, ante la oposición conservadora, y, sobre todo, para que no se resintiesen las arcas del Estado, mediante el sistema de cuotas, muchos quintos, por un puñado de duros, podían dulcificar su estancia durante el servicio militar.

Foto Pacheco 1914. Los quintos de reemplazo en Ourense.
Foto Pacheco 1914. Los quintos de reemplazo en Ourense.

El mecanismo se ponía en marcha cuando el gobierno fijaba el número de mozos para cada quinta y los distribuía entre las provincias. Luego, las diputaciones se encargaban de repartir el cupo entre los ayuntamientos. Éstos eran quienes confeccionaban el padrón de los jóvenes aptos. Tenían en cuenta tanto los criterios de talla como los de peso que había introducido la reforma de Canalejas. Quedaba exento quien tuviese un peso inferior a 48 Kg. Y muchos periódicos nacionales se escandalizaron y, a la vez, quedaron atónitos, escandalizados, cuando reproducen la noticia de un diario local, en el que se decía que, en Ourense, 77 jóvenes no alcanzaban el peso mínimo. Con todo, el sorteo siguió su curso. Como siempre, se realizó, a puerta abierta, en el mes de febrero en el ayuntamiento.

Foto cedida por la familia Chao 1921. Quintos en servicio militar.
Foto cedida por la familia Chao 1921. Quintos en servicio militar.

Era una lotería militar. En una papeleta, se ponía el nombre de los mozos sorteables; en otra, los números -en letra-. Las papeletas se introducían en bolas. En un bombo se metían las que contenían, los nombres; en otro, los números. Luego, un niño, leía la bola que salía del primero; otro, la del segundo. En 1911, en la capital ourensana, las familias de 158 quintos, sudaban la gota gorda mientras no conocían el número que la suerte les deparaba a sus hijos. Los números más bajos ni se libraban de ir al Norte de África ni de coger el chopo. Los números más altos, salvo una hecatombe, a ellos ni les iba ni les venía. De todos modos, tras el sorteo, la indecisión todavía pendía sobre los intermedios. Estaban a merced de que, a lo largo del año, ninguno de los que estaba por debajo, de repente, se convirtiese en liliputiense, o emigrase clandestinamente. No era novedad que alguno optase por no presentarse y ser declarado prófugo. En este sentido, La Gaceta, advertía que el número de infractores de la ley de Reclutamiento y Reemplazo del ejército se había incrementado de manera alarmante. En 1912, cuando entraba en vigor la reforma del gobierno de Canalejas, alcanzaba la cifra de 37565. Y, en tan solo un año, el número de jóvenes prófugos había aumentado en 15000. La existencia de agencias de emigración clandestina o la pasividad de empresas en territorio español que no constataba si los empleados de los 21 a los 40 años, tenían el documento personal que acreditaba su situación militar, hizo que, desde 1909 a 1912, la cifra de ellos fuese tan alarmante que superaba los 100000 individuos. El número de desertores de Ourense era menor que en el resto de provincias gallegas. Aun así, de cada 100 reclutas ourensanos, oficialmente, 47 estaban declarados prófugos. Y, es más que posible que las cifras fuesen muy inferiores a las reales, ya que se referían a los mozos que estaban empadronados.

Foto Pacheco. Soldados de cuota de 1914, en Ourense festejando la jura de la bandera.
Foto Pacheco. Soldados de cuota de 1914, en Ourense festejando la jura de la bandera.

Entretanto, en el ámbito rural, preferentemente, en las localidades en las que había un buen número de quintos, como en Leiro, los mozos que habían tenido un número bueno, lo celebraban, en un ambiente festivo, con pasacalles. Para nada deseaban vivir aquella experiencia redentora de hacerse hombre tras pasar por la vida castrense. Acompañados de una charanga, podían prolongar el jolgorio, cantando, en connivencia con la vecindad, hasta altas horas de la madrugada. Ciertamente, cantando los males se espantaban mejor.

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