La radicalización ideológica de los jóvenes

Publicado: 23 ene 2026 - 03:05
José Paz

Desde hace quince o veinte años se observa en las democracias occidentales un fenómeno preocupante: una parte significativa de la juventud se está desplazando hacia los extremos del espectro político. Se percibe un realineamiento ideológico profundo, que beneficia tanto a la extrema izquierda como (ahora con más fuerza) a la extrema derecha. ¿Es simple hastío o un rechazo consciente del orden liberal en su conjunto, como marco general de la gobernanza política y de la cultural social? Los datos electorales y demoscópicos, desde los Estados Unidos a Alemania, o desde Francia e Italia a España, muestran una pauta clara. Entre los votantes más jóvenes crece más que en cualquier otro segmento el apoyo a fuerzas situadas fuera del consenso liberal-democrático, que obtienen resultados espectaculares entre los menores de treinta años. Una característica llamativa es la brecha de género: las mujeres jóvenes tienden a inclinarse más hacia opciones de izquierda radical identitaria, mientras los varones jóvenes lo suelen hacer por la nueva derecha radical. Aún no es una tendencia masiva, pero sí tan significativa como para motivar estudios que determinen las causas de ese “divorcio” ideológico de la juventud frente a los mayores y, dentro de la juventud, de las chicas respecto a los chicos.

Nacido con la pretensión de ampliar libertades de tipologías ciudadanas concretas, ha caído en un neo-moralismo asfixiante y en la cultura de la cancelación, la vigilancia y la sanción simbólica.

¿En qué ha fallado el sistema? ¿Por qué las generaciones que han crecido en las sociedades más abiertas, prósperas y libres de la historia se sienten alienadas por este marco? Hay, claro, factores de tipo laboral o de acceso a la vivienda, pero no justifican esto: el núcleo del problema parece ser cultural. Muchos jóvenes no rechazan sólo políticas concretas, sino todo el relato cultural de la democracia liberal. Ese relato, basado en el individuo autónomo, liberado de pasadas tradiciones coercitivas, no satisface ya a gran parte de la juventud. Para muchos, la libertad se ha convertido en una carga: demasiadas opciones, responsabilidades e incertidumbres. Anhelan más ataduras si traen consigo más seguridades. En este contexto, el extremismo identitario de izquierdas, “woke”, ha jugado un papel paradójico. Nacido con la pretensión de ampliar libertades de tipologías ciudadanas concretas, ha caído en un neo-moralismo asfixiante y en la cultura de la cancelación, la vigilancia y la sanción simbólica. Ha reducido al individuo al cóctel de identidades grupales de cada cual. La reacción ha llegado: frente a ese progresismo percibido como hostil y humillante, muchos jóvenes (sobre todo varones) buscan refugio en la recuperación de ligaduras convencionales, órdenes fuertes e identidades cerradas alternativas a las de los “woke”. Es decir, buscan un colectivismo alternativo al que les agrede. Esto explica el auge de lo “trad”: la idealización de los años cincuenta y de la familia rígida con roles sexuales arcaicos. Este retorno nostálgico es un refugio emocional antes que un programa. Suele venir acompañado de un fortísimo conservadurismo coercitivo, del desprecio por el pluralismo y de una visión autoritaria de la vida en sociedad y de su gobierno.

Este auge de lo “trad” no es tan espontáneo como parece. Está siendo financiado, amplificado y dirigido desde determinados intereses, tanto en Occidente como desde fuera, que ven en la “descomposición cultural liberal” una oportunidad geopolítica estratégica. Plataformas digitales, influencers ideológicos y redes de desinformación han convertido el malestar juvenil en combustible para un golpe de timón socio-cultural y político. Al fondo del cuadro, el régimen ruso y la todopoderosa y riquísima iglesia ortodoxa de ese país aplauden... y financian. Lo hacen por todo el mundo y desde hace decadas. Pero, por supuesto, esa influencia no lo explica todo, ni mucho menos. Hay además una genuina reacción misógina que no puede ignorarse. Muchísimos varones jóvenes blancos se sienten heridos, humillados o amenazados por el avance de las mujeres (y de las minorías sexuales y étnicas), que no ven como una ampliación de la libertad general sino como una agresión directa al estatus que se creen con derecho a tener por legado legítimo. Y entonces el tradicionalismo y el conservadurismo extremo encajan de forma natural como “sus” ideas, al fomentar sus intereses de restauración en el trono social “injustamente perdido”. Ese complejo de príncipe destronado y esa urgencia por recuperar parcelas de poder social, aunque partan de premisas falsas, alimentan resentimientos que la extrema derecha explota con notable eficacia.

Nada de esto admite análisis gruesos ni soluciones simples. La realidad es dramática: una parte de la juventud quiere sacrificar libertad por identidad, orden o pertenencia. Ya sea en clave colectivista de izquierdas o, más frecuentemente, en clave colectivista de derechas, el individuo vuelve a preferir diluirse en el grupo. Entenderlo y plantear una respuesta adecuada y eficaz desde los valores ilustrados, que deben seguir siendo absolutamente irrenunciables, es uno de los grandes desafíos intelectuales y políticos a los que se enfrenta la civilización humana en este momento de la Historia.

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