Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Muertos
CAMPO DO DESAFÍO
Quizá Francisco Umbral inventó el mito de Enrique Tierno Galván. Una figura trascendente, sin duda, que ha llegado a nuestros días, cumpliéndose 40 años de su muerte, envuelto en la neblinosa memoria de la movida madrileña y otros fenómenos mágicos que iluminaron la transición política hacia la nueva democracia. De Tierno, del viejo profesor, ha quedado una memoria municipal y enrollada que humanizó al erudito universitario y renovó el aire cargado y espeso de la política. Tierno, que tuvo la mala fortuna de morirse cuando apenas empezaba a saborear las mieles y los logros de su gestión municipal, era y sigue siendo un personaje poco conocido bajo la máscara del mito. Y no porque él escamoteara sus ideas o se ocultara de la atención pública. Antes bien, toda la vida de Enrique Tierno Galván, nacido en Madrid en 1918, es una entrega constante a los asuntos públicos, tanto desde la cátedra de Derecho Político, primero en la Universidad de Murcia y después en Salamanca, como en su trabajo político semiclandestino. Forjador de grandes fidelidades entre sus allegados políticos, el profesor Tierno hizo de su experiencia de la novela picaresca o del “tacitismo” como teoría de la razón de Estado separada de la razón de Dios, una manera de conocer y acercarse al pueblo.
Se trataba de dar apoyo a los estudiantes; una de las facetas de su espíritu inconformista y firme ante las difíciles circunstancias del momento.
Desde muy joven, desde el mismo verano de 1936, semanas antes de la sublevación del 18 de julio, nos lo dice en Cabos sueltos, el joven Enrique Tierno se identifica con los ideales anarquistas que no abandonará jamás. Un libertario español, castellano viejo, un humanista que sufriría persecución y numerosas inconveniencias hasta la expulsión de la universidad en 1965, junto a los también catedráticos Aranguren y García Calvo. Se trataba de dar apoyo a los estudiantes; una de las facetas de su espíritu inconformista y firme ante las difíciles circunstancias del momento. Para entonces, el profesor Tierno ya había traducido el Tratado teológico-político de Spinoza y, por primera vez al castellano, el Tractatus de Witgenstein. “Spinoza -escribe Tierno-, era, para sus contemporáneos, en el orden intelectual, una contradicción”. Lo fue él mismo para sus coetáneos.
La transición encuentra a Tierno en primera fila de la política. Arrinconados su figura y su partido, el PSP, aun conseguirá escribir el preámbulo de la nueva Constitución, allí donde se habla de “promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos, una digna calidad de vida”. La confluencia final en el PSOE lo llevará a la alcaldía madrileña y a una milagrosa mutua identificación con el pueblo de Madrid. Hubiera hecho un muy apropiado presidente de República, un Azaña sin urgencias. Umbral escribiría, en ese tiempo, que Tierno trajo, al ayuntamiento, un aire entre ilustrado y virreinal. Pues eso.
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