Raves

CAMPO DO DESAFIO

Publicado: 14 jun 2025 - 04:55
Opinión en La Región.
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La película de Oliver Laxe, Sirat, premio del Jurado en Cannes 2025, anunciaba un mundo paralelo, apenas conocido para quien esto escribe: el de las raves. Ya saben, las interminables fiestas donde la música electrónica, las imágenes, el consumo de sustancias y la exaltación grupal trascienden el tiempo durante largas jornadas que no diferencian el día de la noche. La película de Laxe ha sido el punto de contacto entre la sociedad del espectáculo, diagnosticada por Debord, en la que gastamos la vida y esa otra, alternativa, hedonística, sin duda nihilista, donde los jóvenes y no tan jóvenes somatizan su inadaptación al sistema y ensayan una forma de comunidad que se renueva en cada ocasión, en cada fiesta en lugares olvidados, naves industriales abandonadas o escenarios rurales alejados de todo.

Importa este distanciamiento para la celebración del encuentro entre los iniciados; una ceremonia que invoca el olvido en compañía de los iguales; una comunidad, se ha dicho, que no necesita explicitar reglas y donde la música electrónica que hace retumbar los bajos, invita al baile desregulado, individual y colectivo a la vez, hasta lograr un estado hipnótico donde los sentidos ceden su agudeza perceptiva e individual en favor del trance alucinatorio. El arte narrativo de Laxe que, en O que arde (2019) dejó para la memoria unas poderosas imágenes de bosques tronzados y la presencia inolvidable de Benedicta Sánchez, junto a la contenida interpretación de Amador Arias, cede en Sirat a la anécdota de las desventuras de un padre que busca a su hija en las fiestas nómadas por el desierto entre Marruecos y Mauritania.

El trabajo de Laxe no transige con el exotismo y apenas deja apuntes del lacerante drama que viven sus escasos habitantes, víctimas de los conflictos de fronteras trazadas a escuadra y cartabón postcoloniales. Lo que sí muestra, aunque apenas profundice en ello, es el mundo de las raves

La arena y las piedras requemadas por el sol, los paisajes o los ritmos y el baile enajenado, han tenido notables antecedentes en la literatura occidental. Dentro de la amplísima nómina de viajeros y observadores del mundo de los desiertos y su cultura, de Lawrence a Thessiger o el conde Almásy, el propio Paul Bowles, instalado en Tánger, realizó en El cielo protector (1949), una fascinante aproximación a este mundo apenas conocido, alejado de nuestra perezosa sensibilidad. En ella, la anécdota narrada apenas osaba distraernos de la observación de las atmósferas, del misterio del entorno, de su lógica propia y pautada a la que nos conducía para intentar su comprensión. El trabajo de Laxe no transige con el exotismo y apenas deja apuntes del lacerante drama que viven sus escasos habitantes, víctimas de los conflictos de fronteras trazadas a escuadra y cartabón postcoloniales. Lo que sí muestra, aunque apenas profundice en ello, es el mundo de las raves, de los jóvenes que, abandonando los márgenes de occidente, negando la sociedad, bailan una desesperada y desesperanzada danza del fin del mundo.

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