Refriega en Tánger

EL ÁNGULO INVERSO

Publicado: 30 nov 2025 - 06:10
Refriega en Tánger
Refriega en Tánger | Alba Fernández

Ayer llegaron mi amigo Pedro de Nocedo y sus colegas de un viaje a Tánger. Cuentan que lo pasaron bien pero apenas vieron rastros de aquel Tánger de Paul Bowles, que escribió la mítica novela El cielo protector. Allí vivieron los poetas de la Generación Beat y todos aquellos personajes inquietantes, sobre todo en el siglo pasado.

Todo sucedió más o menos así: a Eduardo le salió el lado patriótico, se puso altivo y menospreció al agresivo interlocuto

Cielo santo, allí William Burroughs también escribió un libro fundamental, que rompió con la literatura tradicional: El almuerzo desnudo.

Inevitablemente recuerdo aquella Navidad en Tánger allá en los años 70. Entonces Madrid estaba lleno de músicos y poetas, y empezaba la mítica Movida.

Yo era amigo de Eduardo Haro Ibars. Ah, Eduardo era literalmente un poeta maldito. Escribía un recuadro contestatario en la revista Triunfo. Cierto, mi generación creció con esta revista como un libro de cabecera, ¡ay! fue secuestrada en ocasiones por su ideología progre y antifascista. El padre de Eduardo era uno de los directores de la revista, crítico de cine y de la vida. Escribía una inolvidable columna que todos leíamos con devoción. Cómo es la vida, siempre fue un periodista incómodo para el poder y (no entiendo el motivo) está lamentablemente olvidado. Tan querido y tan lleno de enemigos.

Eduardo nos embaucó para partir hacia la ciudad de Tánger. Su padre, Haro Tecglen había dirigido un periódico en Tánger: el España, que promovió el alto comisariado en Marruecos. Entonces el Sáhara era una provincia española: la número 53 y en Tánger el segundo idioma era el español. Allí pasó mi amigo sus años de adolescencia. Así que decidimos escapar de aquella Navidad en blanco y negro y viajar a la ciudad.

Tengo vagos recuerdos de aquellos días del 74 en Tánger, testigo es el poeta Antonino Nieto, miembro de aquella expedición un tanto fantasmal. Demasiado kifi en la casa de aquel viejo moro que había combatido con Franco. Nos perdimos en muchos tugurios y la ciudad todavía conservaba un aura literaria que hechizaba.

Lo que sí recuerdo fue aquella noche fatal, en un garito humeante en que salimos malparados. Mi amigo llevaba también una botella de whisky en la mochila. Un cliente se lo reprochó y sentenció: “Nosotros no bebemos. El alcohol os derrotará con el tiempo”. La cosa empezó porque había un gran retrato de Abd el-Krim. Ya sabes, el líder que infringió grandes derrotas a los soldaditos españoles.

El fulano se puso despectivo. “La victoria en Annual (aquí le llamamos el Desastre) está en la memoria de mi pueblo, sepa usted que yo soy rifeño”.

Todo sucedió más o menos así: a Eduardo le salió el lado patriótico, se puso altivo y menospreció al agresivo interlocutor: “No es para estar orgullosos. Cuando llegaron las tropas españolas a Annual, contemplaron horrorizados los cadáveres de 10.000 soldados mutilados y crucificados”.

El fulano se enfureció y le arrojó el té a la cara de mi amigo. Con empujones y amenazas, nos echaron a la calle. Un compasivo anciano transeúnte nos ayudó a regresar a nuestra morada. En el camino nos dijo pensativo: “Lamento lo que les pasó, somos un pueblo hospitalario”.

Por lo demás, los días transcurrieron tras la senda de los artistas y escritores que habían residido en la ciudad.

(Estoy convenciendo a mis tertulianos para irnos de viaje. Tánger. Ya escribió Rubén Darío: “Eres un universo de universos y tu alma es fuente de canciones”).

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