Los Remedios, campo del honor

historias de un sentimental

Publicado: 02 sep 2025 - 03:00
El Campo de los Remedios en tiempos lejanos.
El Campo de los Remedios en tiempos lejanos.

Me cuenta un amigo mío italiano que, en su pueblo, hubo una polémica entre sus vecinos a propósito de retirar o dejar el cartel de un célebre prostíbulo, una vez cerrado éste, porque un grupo de viejos sentimentales quisieron colocar una placa donde dijera que recordara que fue el lugar donde –cito literalmente—“se hicieron hombres”. Es más, como ha reflejado alguna serie de televisión, en concreto la del “Comisario Montalbano”, la vieja madama y antigua profesional era persona muy querida popular y respetada. Aparte de que, como ya he contado, Ourense tuvo famosos establecimientos y alguna casa de alterne, donde hasta los tonsurados se aliviaban, no se me ocurría proponer tal cosa, pero sí hay otro espacio en la ciudad, donde yo recordaría cuatro cosas: Que fue campo de la feria; que allí conocimos a los grandes charlatanes comerciales y de Galicia, que allí escuchamos los últimos “cantos de ciego” que, en un pasado lejano, fuera “Campo del honor”. Esta es la historia que más me gusta.

"El Campo de los Remedios y su entorno cumplieron otras muchas funciones, tanto religiosas como civiles, sobre todo como lugar de feria y mercado que todavía algunos recordamos"

El Campo de los Remedios, con su capilla y su inmediata caseta de Obras Públicas y si fielato (donde los paisanos que venían de Puente Canedo habrían de pagar las tasas municipales si querían vender sus productos en la plaza de abastos) a lo largo de los años, sirvió para muchas cosas, entre otras, campo de honor o lugar donde los ourensanos ofendidos se batía en duelo. ¿Se lo imaginan? En el ahora inencontrable libro “Cosas de Orense”, recopilación de artículos del ilustre polígrafo Don Florentino Cuevillas, publicado por Ayuntamiento de la ciudad, donde se alude a este asunto, con cierto sentido del humor. Es una de mis guías. Brota del texto la amable socarranería del autor al echar la cuenta de los motivos por los que los vecinos de Ourense se batían uno con otro, se supone que luego de administrarse algo de “caña” para darse valor. Parece que las afrentas más que por disputar de honor marital mancillado o cosas parecidas fueron cosa de líos de negocios, discusiones de taberna o de disputas de juego. En esto del juego, aquellos ourensanos eran muy serios y veraces. Los naipes eran cosa de cuidado y respeto, de ahí sus célebres timbas, como aquella de “La Coruñesa”.

También hablé de este asunto en su tiempo con “Xocas” y sobre todo me ilustré con un amigo mío de Vigo que es una autoridad sobre el famoso manual de duelos, llamado “El Cabriñana”. Los duelos deberían ventilarse a florete o pistola. Por aquí las cosas se libraban a puñada o navaja, en el peor de los casos. Pero la cosa no debía ir demasiado lejos, las afrentas se solían resolver a “primera sangre”; es decir, que apenas uno de los batidos sufriera un rasguño, el honor quedaba salvo, los padrinos consentían en que el asunto quedaba zanjado y cada uno para su casa, previo paso por la taberna donde se iniciara el litigio. Como digo, hasta que Primo de Rivera los prohibió, en Madrid fueron frecuentes los duelos entre políticos y periodistas, reglamentado, según el clásico y famoso tratado del marqués de Cabriñana, que circulaba por la España decimonónica y hoy es una apreciada obra de coleccionista.

El Campo de los Remedios y su entorno cumplieron otras muchas funciones, tanto religiosas como civiles, sobre todo como lugar de feria y mercado que todavía algunos recordamos y donde, en aquellos eventos, como se dice ahora, pudimos asombrarnos ante la locuacidad comercial de aquellos charlatanes o todavía los últimos de los últimos cantares de ciego. Por eso creo que, si en la Casa Consistorial de Ourense, hubiera alguien con la sensibilidad y la cultura necesaria y acorde con la historia de esta ciudad, valdría la pena señalar esos espacios por los que discurría la vida, con funciones y usos bien distintos de los actuales. Una ciudad es un ser vivo que cambian con el tiempo, pero como decía el gran urbanista “Le Corbusier”: “que el presente no borre las huellas o memorias del pasado que debe ser conservado en la memoria y la conciencia urbana de nuestras viejas ciudades”. Eso lo he visto en otros lugares de España y de Europa. Pero ya saben que yo soy un empedernido sentimental, afecto a este tipo de cosas.

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