Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Ensayos de comprensión
Comentamos en TeleMiño, la televisión local de este periódico, la imparable desaparición de los bares en las aldeas. Con su cierre, se acaba la vida comunitaria en las aldeas y los pueblos. Antes lo hicieron la tienda de ultramarinos y la panadería. Un fenómeno especialmente agudo en la comunidad de Castilla y León, con especial incidencia en sus provincias más occidentales, las vecinas a Ourense. En nuestro caso, se calcula que a finales del pasado año existían 512 entidades de población con menos de cinco habitantes; de ellas, 107 con un único residente. Son ya 158 el número de aldeas abandonadas. El futuro inmediato agudizará este proceso de despoblamiento. No es que el cierre de los bares sea la causa del mismo, es evidente, sino más bien su consecuencia. El cierre del bar es, en todo caso, el acelerador del fin de lo que un día fue una comunidad de vida. El pueblo que pierde su bar, lo dicen los alcaldes, desaparece como tal pueblo.
El fenómeno de despoblamiento del medio rural y el éxodo hacia las ciudades, es una tendencia común a todo el mundo. Ahora bien, de este proceso generalizado tampoco habría de derivarse la completa e irreversible desaparición de residentes en el medio rural. Es más, la mejora de las comunicaciones terrestres y digitales brinda hoy unas posibilidades de empleo y autoempleo, de calidad de vida, que eran impensables hace un par de décadas. De hecho y lo comprobamos en nuestra provincia, aunque todavía sea un trasvase de escasa importancia cuantitativa, no son pocos los nuevos residentes que colonizan los entornos rurales próximos a las ciudades, a las villas y cabeceras de comarca más dinámicas. Una oportunidad para la esperanza.
El caso del director de cine Oliver Laxe, de actualidad por su premiada película Sirat, que desde su casa en Vilela, una aldea de Navia de Suarna en Os Ancares, promueve distintos proyectos de desarrollo rural, puede ser la punta del iceberg de los casos de escritores, editores, artesanos, artistas en general, jubilados retornados de la ciudad, inmigrantes que encuentran viviendas accesibles o jóvenes involucrados en el desarrollo de su entorno, que hallan en las aldeas o pequeñas localidades ourensanas, las condiciones idóneas para desarrollar sus trabajos, aficiones y, en definitiva, el entorno donde impulsar sus proyectos vitales.
Las áreas periurbanas de Ourense capital, de las villas y cabeceras de comarca, son el territorio donde ensayar la instalación ordenada de nuevos residentes
Tanto el proceso de despoblamiento como el de retorno de la vida, pese a las buenas palabras, se produce sin intervención de las administraciones públicas. La realidad es que no existen políticas para frenar la despoblación, como tampoco prácticas sostenidas para atraerla. Algún lector podría pensar que se trataría de aplicar las mismas recetas, pero no es lo mismo trabajar para dar cobertura y dotar de servicios a una población envejecida, pero natural del lugar y residente en los antiguos núcleos, que atraer nuevos vecinos, unos interesados por el atractivo natural o cultural del lugar, otros por su cercanía a ofertas de trabajo en la proximidad o por la posibilidad de iniciar una nueva forma de vida lejos de los condicionantes de la ciudad. En cualquier caso, ni Xunta, ni Diputación ni ayuntamientos disponen de estrategias integrales para potenciar e incentivar la vida en el medio rural. Uno recupera un lavadero, el otro subvenciona la rehabilitación de una casa y el de más allá señaliza el paso de un camino a Compostela. Todas serán actuaciones necesarias, probablemente imprescindibles, pero ni juntas son capaces de parar el vaciado ni sirven de incentivo para revertirlo.
Los entornos periurbanos, zonas de transición entre lo urbano y lo rural, son el primer círculo donde actuar sistemáticamente, ordenando el territorio, concentrando infraestructuras y servicios. No para extender la ciudad, su denso modelo residencial, sino para preservar esos cinturones todavía naturales con potencial para fijar nuevos residentes a la vez que respetan y valorizan la antigua y tradicional urdimbre de usos diversos del territorio.
El número de empleados públicos crece en Galicia y también en Ourense. Nunca antes se había contado con plantillas tan extensas a expensas de los ingresos públicos y al servicio de la población en general. El fenómeno que admite y necesita de matizaciones para ser entendido en su real dimensión, es pasto de los sectores que consideran excesivos los impuestos que pagamos y, el Estado, una maquinaria corrupta ávida de chuparnos la sangre. Un debate que empieza a tomar temperatura y del que se hablará en los próximos años. Ello nos obliga a ser cuidadosos en el manejo de los datos y en la perspectiva que nos ofrecen las comparativas con los países de nuestro entorno. A bote pronto, salvo el caso de Alemania, donde el número de los empleados públicos medido sobre la población activa (10%) está claramente por debajo de la media de los países de la UE, y de Francia, en el otro extremo (17%), claramente por encima, el conjunto de España (12%) e incluso Galicia (14%), se encuentran entre los valores medios.
Una de cada cinco personas ocupadas en la provincia de Ourense es empleado público
Conviene aclarar que es en la administración autonómica, la que depende de la Xunta de Galicia, donde se produce el incremento real de empleados públicos
Dando un paso más y acercándonos a la realidad ourensana, conviene aclarar que es en la administración autonómica, la que depende de la Xunta de Galicia, donde se produce el incremento real de empleados públicos, hasta alcanzar los 13.327 al cierre de 2024. Las administraciones locales, que incluyen ayuntamientos y la Diputación provincial, apenas suman nuevos empleados y llegan a 5.235; por su parte, la administración central en Ourense, se mantiene invariable en la dimensión de su plantilla, 2.585 empleados, que incluyen a los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en la provincia. En total, 21.147 empleados públicos.
Esta cantidad supone que uno de cada cinco ocupados de la provincia (19,8%) pertenece a las plantillas públicas, por encima del porcentaje de Galicia (15%) y aún más alejado del valor medio para el conjunto de España (14%). ¿Demasiados empleados públicos para una población escasa como es la de Ourense?; ¿proporcional, atendiendo al envejecimiento, a su dispersión y a la extensión del territorio? El debate está servido.
A propósito de Julio Iglesias y la compra de su casoplón rural, poco queda por añadir, una vez observado que los viejos, como los toros de lidia cuando ventean la muerte en la plaza, se arriman a las tablas en busca de un poco de cobijo, una última mirada hacia dentro y se acabó. A Julio, comido quizá por una añoranza incontenible, se le ha encendido el piloto de la reserva y se ha venido a sus paisajes de la infancia para reconciliarse con sus cosas. Un gesto que lo equipara a la raza.
La demografía de Carballeda de Avia es, como la de la inmensa mayoría de ayuntamientos provinciales, desesperada
“En Ourense vivirás más”, ha sido uno de los memes con que hemos saludado la decisión de Julio y que los datos no desmentirán. Ya saben: “lo que es medible no es opinable”, una idea de Galileo y Jácome, al alimón, que este gusta de repetir cuando quiere cerrar el debate. Otro alcalde y ahí acaban todas las coincidencias entre ellos, el socialista Luis Milia, de Carballeda de Avia, está empeñado en atraer nuevos vecinos. La demografía de su municipio es, como la de la inmensa mayoría de ayuntamientos provinciales, desesperada. A finales de 2024, contaba con 1.194 habitantes censados, 500 menos que en el año 2000 y solo un tercio de los que tenía hace un siglo. El alcalde Milia, me consta, lleva desde 2001, cuando ganó por primera vez las elecciones, pulsando todos cuantos resortes han estado a su alcance para cambiar el destino de su localidad. Hasta ahora sin aparente éxito. Teimudo como es, tiene varias iniciativas en marcha: unas jornadas en Carballeda, de la Federación Española de Municipios, para debatir el reto demográfico en localidades de menos de 5.000 habitantes y lo que considero más significativo: el proyecto de aldea modelo en Muimenta en colaboración con la Xunta de Galicia, la Fundación Marta Ortega (MOP) y la Fundación RIA, la organización en Galicia del arquitecto David Chipperfield. Los técnicos han encontrado en Muimenta una arquitectura popular digna de preservarse, además de posibilidades agrarias y ganaderas capaces de atraer renovados pioneros en la sostenibilidad de nuestras aldeas. Las iniciativas de Milia en Carballeda y Muimenta no tendrán la atención del ¡Hola! ni atraerán a rumbosos millonarios deseosos de reconciliarse con su tierra, pero merecen una oportunidad y un poco de suerte. La que necesita nuestra vida en el medio rural, justo antes de su completa desaparición.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
El empedrado medieval de la ciudad vieja
Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
Lo último