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Los Reyes Magos de Oriente acudieron, según los Evangelios, a homenajear y entregar regalos a niño Jesús recién nacido: oro, incienso y mirra.
La palabra “mago” proviene del farsi ma-gu-u-sha, que significa “sacerdotes que estudiaban las estrellas en su deseo de buscar a Dios”. Llegó al griego como μάγος refir, del griego pasó al latín como magus, de donde llegó al español mago.
Los nombres actuales de los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen por primera vez en el conocido mosaico de San Apolinar el Nuevo (Rávena) que data del siglo VI y en el que se les distingue ataviados al modo persa con sus nombres escritos encima.
Aún tendrían que pasar varios siglos, hasta el siglo XV, para que el rey Baltasar apareciera con la tez negra ya que, además de representar las edades, los reyes representan las tres razas conocidas en la Edad Media. Melchor encarnará a los caucásicos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos.
En España a partir del siglo XIX se inició la tradición de convertir la noche de Reyes en una fiesta infantil con regalos para los niños, a imitación de lo que se hacía en otros países el día de Navidad.
Fue en 1866 cuando se celebró la primera cabalgata de Reyes Magos en Alcoy, tradición que se extendió al resto del país y posteriormente a otros países de cultura hispana.
La mayoría de las historias acerca del carbón dulce nos llevan a “Carbonilla”. La leyenda cuenta que éste era un paje de los mismísimos Reyes Magos, encargado de vigilar si los niños se portaban bien durante el año.
La noche del 5 de enero, cuando SS.MM. entraban en las casas para dejar regalos, Carbonilla lo hacía en la de los niños que se habían portado mal, dejándoles un trocito de carbón. Pero como a los reyes no les gusta castigar a los niños, era carbón dulce.
Otra de las leyendas cuenta que los encargados de llevar carbón a los niños que se portan mal son los duendes. Esto viene de las variantes de la leyenda del “Hombre Noble”.
Este hombre era pobre y tenía 5 hijas. Cuando éstas alcanzaron edad para casarse, él estaba triste porque no podía casarlas ya que no tenían dote. Una noche puso las medias de sus hijas a secar en la chimenea, y mientras dormía, unos duendes metieron el dinero de la dote de las hijas buenas en las prendas mientras que pusieron carbón en las de las malas.
Al parecer, estos mismos duendes también trabajan con los reyes y son los encargados de poner carbón dulce en los zapatos de los niños que se portan mal.
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