Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
O cinematógrafo esquecido dos Milagres
El padre de mi ahijada cumple años el 29 de febrero. O sea un año de cada cuatro. Tal vez por eso se conserva tan estupendo.
Durante un tiempo los amigos celebrábamos una espectacular fiesta de cumpleaños en su honor que llamábamos “El 29”. Por supuesto lo hacíamos todos los años, incluso los no bisiestos.
En esa fiesta, éramos adolescentes, aparte de espirituosos, sustancias estimulantes, música y jolgorio, eran obligatorios los gorritos de cucurucho, el confeti y los globos de colores, ya que se suponía que él cumplía por ejemplo cuatro añitos cuando los demás cumplíamos dieciséis. Una broma de chavales.
Nacer un 29 de febrero tiene algo misterioso y mágico. Como si los dioses te hubieran señalado precisamente a tí para algo especial:
“Abenamar, Abenamar, moro de la morería./ El día que tú naciste, grandes señales había;/ estaba la mar en calma, la luna estaba crecida./ Moro que en tal signo nace, no debe decir mentira”.
Yo diría que mi compadre es como Abenamar en esos preciosos versos. Estoy seguro.
Cambio de tema.
Durante una época me dio por leer todo el romancero, el viejo y el nuevo, el cristiano y el mozárabe. El romancero es una joya extraordinaria de nuestra literatura. Y también es ultramoderno y sorprendente. Creo que algunos romances si se publicaran hoy como historias nuevas serían best-sellers.
El romance sigue hasta la trágica pérdida de Granada… por culpa del estúpido y caprichoso Boabdil
Aunque a los de mi generación nos hicieron aprender de memoria en el cole algunos como el de Abenamar que cité, mis dos favoritos son el “Romance de Ridwán” (mozárabe), y el “Romance de Gerineldo y la infanta” (cristiano).
El de Ridwán -por cierto, tengo un amigo que se llama Ridwán- recrea una imaginaria conversación entre Ridwán, lugarteniente de Boabdil, y su rey.
Ridwán es un personaje que en la cultura árabe encarna la lealtad, como Lanzarote del Lago. El romance dice así:
“Ridwán bien se te acuerda, que me diste tu palabra/ que me darías Jaén en una noche tomada./ Si así lo hicieres he de cubrirte de plata, si no, desterrarte he de Granada’./ Allí contestó Ridwán sin demudarse la cara./ ‘Si lo dije rey, no me acuerdo, más cumpliré mi palabra’./ Ya pide Ridwán mil hombres, el rey cinco mil le daba,/ y por la Puerta de Elvira sale gran cabalgada./ ¡Cuánto del hidalgo moro, cuánta de la yegua baya!”.
El romance sigue hasta la trágica pérdida de Granada… por culpa del estúpido y caprichoso Boabdil.
El otro es el de Gerineldo y la infanta. Es muy original porque los romances son largos y este es diminuto como un haiku, solo dos versos. Para entender su insólita belleza hay que aceptar la leyenda (falsa) de qué hacía un rey visigodo si pillaba a su hija con un amante en la cama en lugar de matarlo, pues eso le causaría a su hija un sufrimiento terrible, así que le daba al amante una oportunidad de huir:
“Levántate Gerineldo, levántate dueño mío./ La espada del rey mi padre, entre los dos ha dormido”.
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