Jesús Prieto Guijo
Pablo Hinojar es el modelo
El pasado 29 de enero Pablo Hinojar Rey habría cumplido 51 años. Más de medio siglo de vida dedicado a la gimnasia si el infausto destino no se lo hubiese llevado tan joven, tan pronto, con tantas cosas por hacer. El ejercicio de buscar a Pablo parece tan esotérico como sobrenatural, pero está. Está en cada salto, en cada certamen, en cada saludo a los jueces. Está en la tensión, en los entrenos y en las celebraciones. Está en cada mirada perpleja de un niño que se encandila por las acrobacias. Está en los que amamos el deporte. Está en cada homenaje que, los que le tanto le deben, organizan para recordarlo.
Y con ese nordés del firmamento, sopla las velas con un único deseo: que la gimnasia y el trampolín alcancen el lugar que les corresponde. Unos días antes de la segunda gala, Belén me escribió para presentarla junto al olímpico Juan Barberá: “Nos conoces y conoces el deporte. Qué mejor momento que compartirlo con los gimnastas que estarán allí”. El orgullo pronto se entremezcló con una profunda responsabilidad. La figura de Pablo me infunde respeto. Cuando lo conocí me golpeó la onda expansiva de su altruismo, de sus vindicaciones, de su empeño por mejorar la gimnasia, pero sobre todo, de la red de cuidados que tejía alrededor de sus alumnos para protegerlos bajo cualquier circunstancia.
El problema no está en quien desaprueba la violencia, sino en quien la valida. No se trata de una cuestión de sexos, sino de que hay otro modelo y ese es el pergeñado Pablo.
Más de 250 deportistas de diferentes países, un sinfín de biografías conmovedoras para rendirle la pleitesía que merece. Laureles olímpicos, mundiales, europeos y firmes promesas que dinamitarán el techo, danzando en torno a su gurú. Una reunión tan insigne como una final de Champions, el All Star de la NBA o el paddock de la Fórmula 1, aunque todavía haya quien no vea al elefante en la habitación.
Suele haber quorum para señalar al matrimonio Károlyi como los mejores entrenadores de la historia. De sus manos emergieron Nadia Comaneci o las ‘Siete Magníficas’ de Atlanta. Pero las imágenes de Kerri Strugg saltando con el tobillo destrozado, no son propias de ahora. El ejemplo es el de Laurent y Cécile Landi que animaron a Simone Biles a abandonar Tokio 2020 cuando su integridad se veía amenazada por los twisties. Pablo lo tenía todo: hacía saltar como los ángeles y amparaba como el de la guarda.
Hace unos días, el entrenador del Uni Girona, Roberto Íñiguez, se preguntaba por qué los entrenadores de equipos masculinos son alabados cuando abroncan a sus jugadores y los femeninos son abucheados cuando lo hacen con sus jugadoras: “¿No queremos igualdad en todo?”. Es desafortunado. El problema no está en quien desaprueba la violencia, sino en quien la valida. No se trata de una cuestión de sexos, sino de que hay otro modelo y ese es el pergeñado Pablo.
Valores. Trabajo, respeto y admiración mutua. Tres patas que sostienen su legado. Pablo jamás echó una bronca a quien lo hacía mal, pues suficiente castigo era fallar. Sin embargo no toleraba que alguien golpease el material, que no saludase o que perdiese las formas. Pero, sobre todo, Pablo abrazaba y celebraba. Abrazaba y celebraba mucho. Esta herencia la siguen transmitiendo Isaura, Sara, Mela y tantas otras que siguen sus pasos porque el camino ya está marcado. El camino de las causas perdidas, de las batallas libradas día a día. El camino del chico inquieto que hacía flic flacs en la playa de Lourido.
El camino de la gimnasia hasta que esté en su lugar. En lo más alto. Junto a él.
@jesusprietodeportes
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