La rotonda de la Policía Nacional

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 03 sep 2025 - 03:40 Actualizado: 03 sep 2025 - 08:07
La rotonda de la Policía Nacional
La rotonda de la Policía Nacional

Es todo lo que no debería ser una ciudad. El espejo deforme que amplifica la deformidad propia. La catástrofe urbana que recuerda la mediocridad general. La criatura monstruosa que hay que ocultar en la bodega. Si concentrásemos toda la energía en un punto, como el qi de los taoístas, los infinitos barros de esta Auria que no nos gusta demasiado y a pesar de todo la amamos, se podrían resumir en esta rotonda. Un redondel pitagórico que explica nuestra derrota civilizatoria. Para empezar, es una rotonda que parte y dirige la circulación con ínfulas de autopista, y canaliza el tráfico del centro hacia el puente y viceversa, con doble carril que llegaría a ser tres con los de servicio a ambos lados. Toda una carretera general que manda un mensaje al ciudadano/conductor: en este villorrio iletrado se puede circular a altas velocidades y, aunque sea un no-lugar en el mundo, aquí existen la prisa, la violencia y la agitación suficientes como para acelerar macarrónicamente y con toda impunidad.

Su nombre es la guinda del fracaso, “Glorieta de la policía nacional”, como refrenda un insulso cartel cercano. Se ve que nadie tenía un nombre mejor (y que pensar cuesta esfuerzo, claro), así que se dejó bautizar a este lugar como el edificio-catástrofe que tiene detrás, esa mole de hormigón de 4.500 m², ocho plantas de altura y helipuerto completamente desfasada para su emplazamiento y función que habrá vendido algún arquitecto oportunista a estas arenas movedizas de caciques y ladronzuelos con coche oficial. Un edificio que es una vergüenza colectiva, aunque, eso sí, quizá habría que agradecer a la policía nacional que sean la única policía que patrulla en una ciudad sin ley, donde las bicicletas y los patinetes pueden circular impunemente por las aceras y los coches tienen patente de corso en las calles peatonales, en contrasentido o en segunda fila. Nadie manda. Nadie gobierna. Nadie sanciona. Que dios nos asista.

La rotonda, que ya lleva un tiempo funesto ahí, es fea. Muy fea. Probablemente la más fea de la ciudad, y eso que en Auria hay rotondas terribles. Pero esta, con sus triángulos y polígonos regulares en horrenda pizarra, un cespecillo ridículo con setos de boj interrumpidos en plan almenas (el césped debería estar prohibido en este contexto de cambio climático) y un chorro de agua apagado (siempre ha tenido un problema de diseño y para lo único que ha servido es para regar al rally de coches circundantes), aumenta su fealdad por los edificios del entorno, en especial el monstruo gris y amarillo (combinación horrorosa) del que toma nombre. A lo mejor, este horror para dar vueltas e invadir la ciudad de ruido y violencia motorizada quiso sorprender en su día a los habitantes de Auria como un espacio pitagórico de proporciones matemáticas que traería a la ciudad armonía visual y un tránsito amable. Tal vez, su doble piscina circular con monolitos en remojo es un sueño cósmico mal entendido. La gente le llamaba “la de las pirámides”, si es que le llamaba de alguna manera, y su única gloria es tener una perspectiva bondadosa desde el puente nuevo, con el padre Miño cruzando solemnemente, algo que es capaz de integrar casi cualquier cosa. En algún momento, si queda planeta, los humanos (y también los habitantes de Auria) dejarán de vivir en ciudades-autopista, expulsarán al tráfico y regresarán a un urbanismo a medida del hombre. Ojalá suceda pronto y esta glorieta (y también muchas otras) sean apenas un mal sueño a olvidar. Quizá no suceda, pero ayuda mucho ponerle ojos amables al cataclismo.

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