Xabier Limia de Gardón
ARTE ET ALIA
Exposición de Sula Repani
No desconfíen. No se trata del título de un capítulo de la inclasificable Pantera Rosa. Inmersos en la era de las aplicaciones para dormir y los vídeos de sonido ambiente, el conocido como ruido de colores ha pasado de ser una mera curiosidad técnica a un auténtico fenómeno cotidiano. Entre ellos, el ruido blanco y el ruido rosa, se han convertido en aliados populares de aquellos que buscan conciliar el sueño en entornos urbanos, por desgracia cada vez más estruendosos. Sin embargo, la ciencia ha empezado a matizar sus supuestos beneficios. En esencia, el ruido blanco es una mezcla uniforme de todas las frecuencias audibles, algo así como una niebla sonora constante. Su utilidad radica en su capacidad para enmascarar ruidos inesperados: portazos, un claxon o una alarma, el tráfico intenso o estrepitosas multitudes cercanas, que quedarían diluidas en ese fondo homogéneo. Por eso, desde hace tiempo se ha utilizado como instrumento inductor del descanso, al intentar evitar que estímulos repentinos interrumpan el sueño. El ruido rosa, por su parte, introduce una ligera variación.
Contiene también todas las frecuencias, pero concede un valor protagonista a las más graves
Contiene también todas las frecuencias, pero concede un valor protagonista a las más graves, lo que lo que incrementa su suavidad y parecido con ciertos sonidos naturales como la lluvia, el rumor de un arroyo o el oleaje marino. Esa cualidad lo convierte en el favorito de estas aplicaciones modernas especializadas, que lo ofertan como una alternativa más agradable y, supuestamente, más eficaz. Pero las evidencias más recientes invitan a la prudencia. Un estudio citado por Medscape señala que estos sonidos continuos no siempre mejoran el descanso. En condiciones de laboratorio, el ruido rosa redujo la fase REM del sueño, un periodo esencial para la fijación de la memoria, la regulación emocional y el rendimiento cognitivo del día siguiente.
Este hallazgo es especialmente relevante porque pone el foco en la calidad del sueño, más allá de su duración. Dormir ocho horas no garantiza un descanso reparador si a la vez se alteran las fases profundas del sueño, responsables de nuestra recuperación física y mental. En otras palabras, el problema no es solo dormirnos, sino cómo lo hacemos. Paradójicamente, la constancia que convierte en atractivos a estos sonidos puede ser un arma de doble filo, ya que el cerebro, lejos de desconectar, sigue procesando estímulos continuos durante toda la noche. Y aunque en algunos casos puede ayudar a conciliar el sueño, también puede interferir en su arquitectura natural. Los ruidos blanco y rosa pueden ser útiles, pero no representan la panacea universal para conciliar el sueño y descansar. En definitiva, el auge de estos sonidos terapéuticos refleja la creciente dificultad para el buen dormir. El sueño, como tantas otras funciones esenciales del cuerpo, rara vez se deja domesticar a golpe del botón de una aplicación.
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