Salomé

Publicado: 12 oct 2026 - 02:10
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A mis dieciséis, diecisiete años o por ahí, ya no sé, robé un libro en una librería ourensana. No es que eso fuera una novedad, en realidad lo hacía de forma habitual en esa época. Si yo me hubiera criado en una familia rica, acomodada e instruida y mis padres tuvieran en casa para mí desde pequeñito una biblioteca estupenda llena de clásicos y libros modernos, probablemente no me hubiera dedicado tanto a esa inconfesable actividad, por otra parte creo que disculpable a esas edades.

Aquel libro era un libro pequeño, fácil de disimular bajo la camiseta como los que solía elegir siempre para esas rápidas, hábiles y exitosas incursiones en el delito. Tal vez un delito literario. Nunca me pillaron. No recuerdo la editorial. El libro trataba sobre Aubrey Beardsley. Tenía una pequeña biografía del fabuloso ilustrador inglés y una colección de páginas con sus preciosas y originalísimas imágenes en blanco y negro. Ilustraciones de su “Lisístrata”, de su “Muerte de Arturo”, o de su “Salomé”. Como yo era un dibujante, ilustrador y pintor juvenil en aquellos años supongo que curioseándolo me enamoré de aquellos trazos elegantes y bellísimos que no había visto nunca y reflejaban un mundo salvaje. Y lo robé.

Su obra cumbre fueron las ilustraciones que hizo para la primera edición de la “Salomé” de Oscar Wilde. Espectaculares. Bellísimas. Si no las conocen échenle un ojo y seguro que me darán las gracias después. Vale.

Seguro que lo que me atrajo de aquel libro, ya que yo no tenía ni idea entonces de quién era Beardsley, fue la rotunda lujuria irreverente de sus ilustraciones. Especialmente las de “Lisístrata” que el mismo Beardsley antes de su muerte a los veinticinco años y como buen inglés excéntrico convertido al catolicismo, ordenaría destruir por obscenas, cosa que gracias a dios no hizo nadie y por eso aun podemos verlas.

Beardsley fue todo un personaje de la Inglaterra victoriana. Un artista singular, raro y maniático. Era amigo de Oscar Wilde. Superdotado desde niño para el dibujo, Beardsley cuando trabajaba se encerraba en un cuarto cubierto en todas sus paredes con cortinas negras, iluminado solo con luz de velas y en el que no se podía entrar. Nunca lo vio nadie dibujar jamás. Esto no sé si es verdad o una leyenda, pero sea lo que sea resulta fabuloso. Su obra cumbre fueron las ilustraciones que hizo para la primera edición de la “Salomé” de Oscar Wilde. Espectaculares. Bellísimas. Si no las conocen échenle un ojo y seguro que me darán las gracias después. Vale.

Por cambiar de personaje otra Salomé, esta menos interesante es Salomé Pradas, una señora que también trabajaba por lo general en un cuarto oscuro. En la comisión de investigación del Congreso en la que fue interrogada a propósito de la gestión de la dana de Valencia, a pesar de los reiterados esfuerzos de los distintos grupos parlamentarios por apartar las cortinas, abrir las ventanas, dejar que entrara un poco el aire y echar algo de luz natural sobre sus dibujos, la cosa resultó imposible. Y es que Salomé, ya saben ustedes, me refiero a la Salomé de verdad, llevaba la cabeza del Bautista en una bandeja.

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