Jenaro Castro
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Vai chover, carallo
Decir “no soy socialista porque soy sanchista” no es una boutade ni una provocación gratuita. Es la constatación de una evidencia: el sanchismo no es socialismo. Es otra cosa. Un proyecto político sin anclaje ideológico sólido, sostenido por el personalismo, el oportunismo y la permanencia en el poder como objetivo principal.
El socialismo, incluso en sus versiones más pragmáticas, siempre tuvo límites: la igualdad entre ciudadanos, la solidaridad entre territorios y la idea de que el Estado debía tratar a todos con las mismas reglas. El sanchismo ha dinamitado esos límites. Ha vaciado el socialismo de contenido y lo ha convertido en una etiqueta útil para justificar cualquier decisión, por contradictoria que sea con los principios que dice defender.
La financiación territorial es el ejemplo más obsceno de esta deriva. Mientras se predica igualdad y justicia social, se negocian privilegios fiscales y tratos singulares con Cataluña y el País Vasco para garantizar apoyos parlamentarios. No es federalismo, ni diálogo, ni modernización del Estado: es simple intercambio de favores. Un sistema donde unos territorios obtienen prebendas políticas y financieras, mientras otros pagan la factura sin capacidad de influencia.
El sanchismo no gobierna desde una idea de país, sino desde una estrategia de resistencia. Todo es negociable: el discurso, los compromisos, la coherencia y, si hace falta, la propia noción de igualdad entre españoles.
Aceptar esta desigualdad estructural no es una concesión técnica, es una renuncia moral. La solidaridad interterritorial, pilar básico del socialismo, se sacrifica sin pudor en el altar de la aritmética parlamentaria. La igualdad deja de ser un principio y pasa a ser un eslogan vacío, válido solo cuando no estorba.
El sanchismo no gobierna desde una idea de país, sino desde una estrategia de resistencia. Todo es negociable: el discurso, los compromisos, la coherencia y, si hace falta, la propia noción de igualdad entre españoles. El partido ya no marca el rumbo; lo marca el líder y su necesidad de seguir.
Por eso, quien se dice sanchista no puede decirse socialista sin caer en contradicción. Porque el socialismo no puede convivir con privilegios territoriales asumidos como precio del poder, ni con una política que premia al que más presiona y castiga al que cumple.
Así que no, no soy socialista porque soy sanchista. Porque el sanchismo no es socialismo: es poder sin principios, igualdad retórica y desigualdad real. Y eso, por mucho que se envuelva en siglas históricas, no tiene nada que ver con la izquierda que decía defender a todos por igual.
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