Su señora de usted

HISTORIAS INCREÍBLES

Publicado: 26 jul 2026 - 01:41
La Región

Entonces, tiempo ha, la vida era un cómic de lo más divertido. En él cada ser humano era un personaje, pero no uno de ficción sino de pura realidad.

Aquel hombre, ya muy mayor, mostraba esos típicos achaques que trae la vejez. Él mismo solía bromear diciendo de manera muy gráfica: no sé qué es mejor llegar a viejo o no llegar. Si uno no lo cuenta… malo, pero si lo vive con tantos alifafes…malo también. Sólo con mirarles, a los feligreses, les hacía una radiografía del alma, con la misma calidad que se la haría el médico. El viejo clérigo conocía muy bien a sus parroquianos pues hasta para la” mili” les había falsificado un certificado de buena conducta.

Como era muy recatado no estaba nada contento con la moral en lo tocante al sexto y noveno mandamiento. Pero era una gente maja y de confesión frecuente. Para evitarse la turbación de escuchar tantas pamplinas y requilorios, puesto que pecar es caer, les había dicho que con confesar “he resbalado”, ya él entendía que la castidad no era su virtud y les aplicaría la canónica penitencia.

Fuese como fuese, ocurrió que sus sobrinos se lo llevaron al hospital que era tan famoso de Santiago. La Curia diocesana, como es habitual organizó su sustitución. No es conveniente que queden tantos pueblos solos y sin la celebración de los domingos. Lo tenían facilito. Acababan de ordenar a un grupo de chavalines que no superaba ninguno los veinticinco años. Durante aquel verano se irían entrenando con cosas menores, o ya fuere con alguna liturgia de dos pesetas. Esas cosas no son complicadas: ¡éste!

Aquel chico joven, espigadito y con un utilitario de color metalizado, se echó el mundo por montera y se hizo cargo de aquel montón de pueblos que diseminados se extendían por aquella planicie tan terrible que tenía como puntos más sobresalientes la espadaña de sus iglesias y los silos del grano.

El pueblo se quedó admirado y boquiabierto. Él siguió explicando que sabía, de buena tinta, que todo el mundo “resbalaba”

Fue muy bien acogido, aunque para los lugareños acostumbrados a don Servando dejaba algo que desear. Muy largo en las disertaciones. Muy escrupuloso en los ritos. Algo inseguro en las moniciones. Es costumbre que algunos domingos después de la celebración litúrgica se reúnan los paisanos para tratar temas de urgencia. A eso se suele llamar “ir al concello”. Y aquel día el sustituto también acudió ya fuese por el tema de interés o por granjearse más familiaridad con los vecinos. Hablaron, discutieron, volvieron a acordar o a protestar levemente. Al final le dijeron al joven coadjutor si quería decir algo.

El joven, vestido de un negro impecable, con algo de azoramiento por la falta de costumbre, se explicó lo mejor que pudo: estoy observando, dijo, que estos pueblos deben andar mal de obra pública. Debería corregirse con apoyo de la Diputación Provincial. Yo mismo podría redactarles una solicitud para que se arreglen las calles.

El pueblo se quedó admirado y boquiabierto. Él siguió explicando que sabía, de buena tinta, que todo el mundo “resbalaba”. Entonces se produjo la debacle, las risas estrepitosas, estruendosas, burbujeantes.

Y en aquel follón admirable quien llevaba la voz cantante era el alcalde pedáneo. Entonces el curita, que no entendía nada de nada, dijo dulcemente: “Conste señor alcalde que una de las que más resbala, es su señora de usted”.

Así me lo contó mi madre.

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