Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
La guerra de Ucrania ha modificado los cimientos sobre los que se construyó, durante décadas, la relación energética entre Rusia y la Unión Europea (UE). La invasión iniciada en febrero de 2022 no solo alteró el equilibrio geopolítico europeo, sino que provocó un verdadero terremoto en las cadenas de suministro de hidrocarburos y en las estructuras de dependencia que definían la política energética continental.
Ahora, en plena negociación entre Washington y Moscú para poner fin al conflicto, surgen voces que reclaman la revisión del statu quo y un eventual regreso de la energía rusa. Sin embargo, esta hipótesis, por más atractiva que pueda parecer para ciertos sectores industriales o políticos, está desconectada de la nueva realidad geopolítica, económica y jurídica que ha emergido tras tres años de guerra. El desacoplamiento energético entre la UE y Rusia no solo ha avanzado con notable rapidez: parece irreversible.
Los sectores más proclives a un restablecimiento energético con Rusia ya han alcanzado su límite. Hungría, Eslovaquia y Grecia aún importan gas ruso por el TurkStream, pero esa vía está saturada. El resto de Europa ha reorientado sus flujos y su estrategia. El desacoplamiento energético es un hecho consumado. Según Ignacio Urbasos Arbeloa, investigador del instituto Elcano, es “ingenuo” pensar que una paz negociada entre Washington y Moscú podría revertir este proceso.
En la UE, cualquier modificación de los 16 paquetes de sanciones contra Rusia requiere unanimidad, y esa unanimidad no existe
Lo que está en juego no es solo la energía, sino la arquitectura de seguridad y los principios que sustentan el orden europeo. Europa ha roto su dependencia energética de Rusia no solo por necesidad, sino por convicción. Volver atrás implicaría aceptar, implícitamente, que nada ha cambiado, que todo puede olvidarse. Pero sí ha cambiado, y mucho. El precio pagado por la desconexión energética ha sido alto, pero menor que el precio de una nueva dependencia sin garantías.
El retorno de la energía rusa a Europa no es imposible, pero sí altamente improbable. Equivaldría a un anhelo nostálgico de una relación que ya no existe, porque las condiciones que la hicieron posible han desaparecido. Lo que queda ahora es construir un nuevo paradigma energético, autónomo, resiliente y, sobre todo, coherente con los valores que Europa dice defender.
La narrativa del regreso se apoya en un diagnóstico superficial: que retomar las importaciones de gas, petróleo o carbón ruso permitiría a Europa aliviar su crisis industrial, abaratar costes y recuperar competitividad. Pero este planteamiento ignora al menos cuatro barreras estructurales que hacen inviable, incluso en un escenario de cese de hostilidades, la normalización energética con Moscú: la destrucción o indisponibilidad de la infraestructura de transporte, la cancelación generalizada de los contratos a largo plazo, el colapso de la seguridad jurídica internacional, y la compleja reversión del régimen de sanciones impuesto por la UE.
En la UE, cualquier modificación de los 16 paquetes de sanciones contra Rusia requiere unanimidad, y esa unanimidad no existe. Estados como Polonia, Lituania o Estonia han dejado claro que vetarán cualquier intento de normalización con Moscú que no incluya garantías sólidas de seguridad y respeto a la integridad territorial ucraniana. Incluso si Washington, bajo la presidencia de Trump, decide levantar sus propias restricciones, la UE mantendrá las suyas.
Más de la mitad de los acuerdos a largo plazo con Rusia han sido cancelados desde 2019, muchos tras disputas legales por impagos, incumplimientos o exigencias unilaterales de pago en rublos. El caso Uniper, con una indemnización récord contra Gazprom, simboliza la ruptura definitiva. Sin contratos vigentes –los contratos de GNL vinculados al proyecto Yamal son excepcionales–, ni mecanismos fiables para resolver conflictos, retomar relaciones estables con Rusia es inviable.
Una barrera para el regreso de la energía rusa a Europa es la falta de infraestructura: los principales gasoductos han sido saboteados, cerrados o reconfigurados, y otros, como los ucranianos, están fuera de servicio. Aunque algunos oleoductos de petróleo siguen operativos, lo hacen de forma limitada y bajo condiciones especiales. Además, las refinerías europeas se han adaptado a otros tipos de crudo, lo que hace técnicamente inviable un retorno masivo de los hidrocarburos rusos.
@J_L_Gomez
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