Somalilandia merece ser reconocida

Publicado: 02 ene 2026 - 02:40

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10492801 | José Paz

Hay Estados que nacen de un pacto y hay Estados que nacen de un apaño. Somalia, tal como existe en el mapa desde 1960, nació de un apaño impresentable. Se fraguó a toda prisa una pseudo-descolonización conjunta (forzosamente conjunta) obligando a la Somalilandia británica y a la Somalia italiana a compartir el nuevo país. Se vendió como una especie de “unidad nacional” sin recabar jamás el consentimiento informado de quienes iban a cargar con las consecuencias de esa unión artificial. Los hechos son tozudos. El antiguo protectorado británico de Somalilandia obtuvo su independencia el 26 de junio de 1960 pero cinco días después, el 1 de julio de 1960, se la forzó a unirse al Territorio en Fideicomiso de Somalia (administrado por Italia bajo mandato de la ONU) con vistas a formar la República Somalí. El problema no fue sólo la prisa sino también la asimetría. La unión se articuló con bases legales improvisadas y discutidas desde el primer minuto, y el ideal pan-somalí de la época (“Gran Somalia”) funcionó como anestesia ideológica para ocultar el atropello que se estaba cometiendo contra los somalilandeses. Cuando ese absurdo artefacto jurídico falló de forma estrepitosa, el dolor y la crueldad comenzaron. En los años ochenta, bajo la dictadura de Siad Barre, el Noroeste del nuevo país sufrió una represión brutal, incluida la destrucción masiva de ciudades como Hargeisa (la capital de Somalilandia) y Burco mediante bombardeos y artillería. A partir de ahí, hablar de “integridad territorial” como si fuese un valor moral superior a la vida, la seguridad y la libertad de las personas es una burda coartada para el inmovilismo de la llamada “comunidad internacional”, a la que siempre le entran sudores sólo de pensar en una secesión.

Es un país a las puertas del Golfo de Adén, un corredor vital para el comercio mundial. El Índico tienen un problema grave de piratería, que Somalilandia combate.

En 1991 Somalilandia declaró su independencia y, desde entonces, ha hecho algo que en el Cuerno de África es rarísimo: construir instituciones que funcionan razonablemente, mantener una estabilidad relativa y resolver transiciones políticas sin volver al abismo. Que no sea un paraíso de corte occidental no invalida lo esencial: ha demostrado capacidad estatal y un mínimo de orden público y de orden político, con elecciones y pluralismo, mientras el Estado somalí ha sido, durante décadas, un caos absoluto. Y Somalilandia lo ha hecho sin el premio diplomático que suele acompañar a la paz: el reconocimiento. Por eso, la noticia del pasado viernes es muy alentadora y radicalmente importante: Israel se ha convertido en el primer país en reconocer formalmente a Somalilandia como Estado soberano, anunciando el establecimiento de relaciones plenas. Es un gesto con costes que Somalia y varios actores regionales ya han condenado, pero justamente ahí está su valor: rompe la inercia hipócrita que exige a un territorio ser parte de un Estado ajeno pese a llevar treinta y cinco años funcionando como Estado pleno, de hecho mucho más pleno que Somalia.

El argumento del “precedente peligroso” es el favorito de quienes temen la libertad ajena. La comunidad internacional ya ha convivido con precedentes mucho más complejos. Kosovo declaró su independencia en 2008, y el Tribunal Internacional de Justicia concluyó en 2010 que su declaración no violó el derecho internacional. Sudán del Sur se independizó el 9 de julio de 2011 tras un referéndum abrumador, y fue reconocido ampliamente. La secesión remedial es la que se produce cuando un Estado incumple de forma persistente su función básica de proteger derechos. Entonces la separación puede ser no sólo legítima, sino moralmente necesaria, y se realiza de forma unilateral pero con el apoyo de numerosos países, en detrimento del Estado opresor (en este caso, Somalia). Somalilandia encaja demasiado bien en esa lógica de la secesión remedial como para que siga tratándose como una solicitud extraña. Y, antes de Israel, Somalilandia ya había recibicido el reconocimiento de Taiwán, que lleva cinco años con misión en Hargeisa y con la recíproca de Somalilandia en Taipéi. Es un reconocimiento mutuo entre dos realidades políticas castigadas por el dogmatismo.

Además, hay razones estratégicas de peso para que Occidente apoye por fin a Somalilandia. Es un país a las puertas del Golfo de Adén, un corredor vital para el comercio mundial. El Índico tienen un problema grave de piratería, que Somalilandia combate. Y en el vecindario inmediato está Yibuti, donde China abrió en 2017 su primera base en el extranjero. Mientras, Rusia intenta establecer una presencia militar formal y permanente en la costa sudanesa del mar Rojo. Tener en la zona un socio estable es una necesidad para el mundo occidental. Y España debería sacar una conclusión incómoda: nuestra política exterior no puede seguir obsesionada con la “unidad nacional” abstracta, que nos deja fuera de la realidad. España sigue a estas alturas sin reconocer Kosovo y se ha quedado prácticamente sola en esa obstinación ridícula. Debemos abandonar esa lógica obsoleta. Reconocer a Somalilandia y abrir embajada en Hargeisa no sería un capricho: sería afirmar, por fin, que las fronteras no están por encima de las personas.

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