Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
A puertas de nuestra provincia -en territorio luso-, para los republicanos se había obrado el milagro. Las 270 logias, entre ellas, Joven Portugal, Cosinos o la Carbonaria, habían sido una mano negra en la sombra. Pese a todo, no las tenían todas consigo; ni siquiera, sabiendo que el país se había acostado monárquico, y, al día siguiente, Manuel II, destronado, tomaba el camino del exilio. La revolución, el 5 de octubre del 1910, de un soplo había derrocado el secular trono de la Casa Braganza. Pero, nadie se fiaba. Menos aún, cuando se atizaron las brasas de la conspirata.
Era lógico. Había precedentes. Portugal, en el siglo XIX, había sufrido dos veces la intervención extranjera, y, en las dos ocasiones, se le había encomendado a España restaurar el orden perdido. Una, en 1833, para apoyar a María de la Gloria contra su rival el príncipe Miguel de Braganza - bajo las órdenes del general José Ramón Rodil, se movilizó a 10000 hombres-; otra, en 1847, con motivo de la Revolución del Norte de Portugal -el general Manuel de la Concha, entraba en Oporto, sin disparar una bala, con 12000 hombres-. De nada valía, pues, que el ferrolano Canalejas se empeñase en decir que era neutral.
La prensa, a ambos lados de la frontera, con visos de verosimilitud, ante el imprevisto regreso de Alfonso XIII de Melilla, avivaba el fuego. No paraba de decir que España de acuerdo con Inglaterra, preparaba una acción militar sobre Portugal. Para los españoles monárquicos era más un deseo - “ponían sus barbas a remojar”- que una realidad; para los republicanos portugueses, una magnífica excusa para que la Carbonaria extendiese sus tentáculos por Galicia, y, especialmente, por Ourense, -según esta sociedad secreta- cuartel general de los golpistas lusos.
Portugal, en el siglo XIX, había sufrido dos veces la intervención extranjera, y, en las dos ocasiones, se le había encomendado a España restaurar el orden perdido.
Canalejas, ni satisfacía a monárquicos, ni a republicanos. Todos tenían el cutis muy fino. Era el escenario soñado por la Carbonaria -prima carnal de la masonería-. Así, nada le impedía ejercer funciones policiacas, practicar registros o contar con la complicidad de funcionarios ourensanos que no reparaban en servir a sus intereses. En Xinzo, sin ir más lejos, se decía que el juez municipal y el farmacéutico simpatizaban con el provisório. En su casa, celebraban reuniones, presididas por el carbonario Gramella.
El modus operandi de estos iluminados era el mismo. Llegaban hasta las tierras ourensanas, principalmente, desde Oporto o Coimbra, en automóvil, con el único objetivo de amedrentar a los expatriados. El Eco de Galicia llegaba a decir que, mismo, por la ciudad de Ourense campaba el capitán de la cuadrilla carbonaria que había tratado de secuestrar a la hija del monárquico Paiva Couceiro -militar luso que planeaba la contrarrevolución desde Pontevedra y Ourense-. Con similar impunidad, el propio Cónsul portugués, no había vacilado en disparar, en la Plaza Mayor, contra un grupo de realistas de su país. Lo insólito, había sido que, a pocas horas de ser detenido, el alcalde, tras recibir un parte oficial, a pesar de la protesta de los diputados ourensanos, tratando de evitar un conflicto diplomático, lo ponía en libertad.
Y si esto pasaba en la capital, el descaro de los carbonarios en la frontera no tenía límites. La Gaceta de Galicia reproducía un telegrama que se enviaba desde Verín a un periódico de Vigo. Denunciaba que unas veces las fuerzas armadas lusas penetraban en España para amedrentar a los monárquicos asilados, y que, otras, eran los propios guardias de la frontera, los que apresaban a realistas, mismo a sacerdotes, que ejercían el ministerio, autorizados por el obispo de Ourense. El Governo Provisório - el 50%, miembros de la masonería-, no reparó en gastos. Nombró un cónsul de tercera clase en Verín. Era prioritario controlar a realistas, como Camacho, Sotomayor o Pavía Couceiro, que estaban al servicio de Miguel de Braganza. Sobre todo, en un territorio por el que, en cinco meses, habían desfilado la Princesa de Parma, los Príncipes de Braganza o los duques de Oporto o Cadaval -todos hospedados en el Hotel Salgado-.
La Gaceta de Galicia reproducía un telegrama que se enviaba desde Verín a un periódico de Vigo.
Con celeridad, el gobierno español, a través del gobernador civil de Ourense agilizó la salida de los expatriados tierra a dentro; no sin levantar ampollas. No contentaba ni a la Sociedad Círculo Verinés que apelaba al derecho de asilo del refugiado, ni a los negocios del municipio. El efecto de las 200 personas que, de repente, se trasladaban desde la franja fronteriza al interior del país, suponía una auténtica merma para la economía local. Incluso, ni siquiera, convencía a los propios realistas. No obviaban que estaban en “tierra de nadie”, no obstante, pensaban que, al menos, allí, podían afrontar mejor el coste del nivel de vida. El Correo de Galicia, a finales de 1911, recogía que, salvo en Verín, o en Ourense, el precio de la libra de pan -debido a la demanda de los expatriados- ascendía a dos pesetas, y el importe del alquiler de casas unifamiliares a 5 o 6 pesetas al día. No era un dato nimio.
Entre hoteles, posadas y hospederías, en Galicia había más de 15000 lusos, que esperaban a que Paiva Couceiro, en el I aniversario de la República, restaurase la monarquía. Luego, tan pronto como la conspirata fracasa, 295 realistas ponen rumbo Brasil. Al 50% de ellos, excluidos los timos de supuestos paiviantes, les pagaba el pasaje, el gobierno español. Definitivamente, la sombra de la Carbonária era alargada. Pero, el pueblo español aún no era republicano; había sufrido una traumática experiencia en la I República. Sin embargo, el pueblo portugués, sí lo era. Aun así… la monarquía española “ponía sus barbas a remojar”.
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