Jenaro Castro
MORRIÑA.COM
El desembarco de Simón
Está circulando por las redes sociales una notificación de la empresa de mensajería DHL, en la que se avisa al comprador americano de un producto de Hong Kong que tendrá que abonar un arancel aduanero de cerca de tres mil dólares, cuando el precio del producto era de poco más de dos mil. En una época en que las redes están absolutamente inundadas de embustes, porque así interesa a quienes las regentan, era necesario verificar la información, y así lo hicieron diversas personas y agencias de noticias. Y resultó que esta vez era verdad. Los aranceles estrambóticos, erráticos y suicidas de Trump están creando innumerables situaciones como la descrita. Peor aún: es tan grande la ceremonia de la confusión que hay productos que pasan sin arancel o con los previos, mientras a otros se les aplica esta tasa confiscatoria, el “impuesto revolucionario” que necesita todo aquel que quiere, efectivamente, llevar a cabo una revolución. No un cambio de orientación política dentro del sistema liberal-capitalista, sino una revolución. Y eso es lo que Trump pretende. Su sueño húmedo es “reindustrializar” América pero no comprende que se ha quedado anclado en los años cuarenta o cincuenta, cuando la industria era eminentemente pesada y muy intensiva en puestos de trabajo, en infraestructura y en capital. Trump es un anciano que no ha comprendido que hoy la riqueza de los americanos proviene de otras fuentes. No necesitan tener en su territorio, con sus elevados costes laborales y de todo tipo, las fábricas, los altos hornos y las líneas de ensamblaje de hace bastantes décadas. Producen servicios de todo tipo e industria ligera. Producen innovación y la exportan. Producen alta tecnología en sectores poco intensivos en mano de obra pero mucho en talento. Estados Unidos, antes de Trump, importaba talento de todo el planeta. A Silicon Valley afluyeron los mejores cerebros del mundo. Miles y miles de ellos. Ahora Trump los expulsa o, como mínimo, deja de atraerlos. Quiere reimplantar fábricas para millones de operarios de mono azul en un alocado viaje a 1950, arrastrando a todo el capital… y éste, Igual que el talento, empieza a huir de los Estados Unidos. El dinero se retira de la bolsa, empezando por la renta fija: el bono americano cae, las primas de riesgo van a subir, el dólar está en mínimos.
¿Piensa Trump que toda esa producción se va a trasladar a los Estados Unidos? Si de verdad lo cree es un insensato. ¿Piensa que los americanos van a preferir las frutas cultivadas en los Estados Unidos al triple de coste que en América Central? Y ya no van a costar el triple sino el cuádruple o el quíntuple… porque está deportando a toda la mano de obra barata que recogía esas cosechas y procesaba el envasado o las conservas.
Uno de los ingredientes principales de la victoria electoral de Trump fue su promesa de bajar los precios de la alimentación, que consideraba muy elevados a causa de la inflación que imputaba a Biden, pero que él había provocado al final de su primer mandato aumentando la deuda y la impresión de billetes verdes hasta extremos realmente escandalosos y temerarios, sin bajar el gasto público. Ahora los precios se están disparando y lo primero que se resiente es la alimentación. Los consumidores americanos tienen una alta preferencia por productos importados, desde quesos franceses a vinos españoles. Y no sólo en alimentación sino en textil y calzado y en muchos otros sectores. ¿Piensa Trump que toda esa producción se va a trasladar a los Estados Unidos? Si de verdad lo cree es un insensato. ¿Piensa que los americanos van a preferir las frutas cultivadas en los Estados Unidos al triple de coste que en América Central? Y ya no van a costar el triple sino el cuádruple o el quíntuple… porque está deportando a toda la mano de obra barata que recogía esas cosechas y procesaba el envasado o las conservas. Trump sigue insistiendo una y otra vez en que los aranceles no son impuestos, pero es exactamente lo que son. El cliente que compró el producto de Hong Kong vio como DHL le decía “no te lo puedo entregar si no pagas esos casi tres mil dólares por él”. ¿A quién? ¿A DHL? ¿A China? No, se los tiene que pagar al Tesoro estadounidense como impuesto revolucionario por el pecado de consumir un producto fabricado fuera del país. La mentira de Trump sobre quién paga los aranceles es tosca, basta, incapaz de sostenerse más que entre la masa ignorante de paletos del Mid-West que constituyen la base social del movimiento nacional-populista de Trump. Sigue diciendo a todas horas que son los países extranjeros los que pagan a Washington el arancel. Es imposible que, pese a su escasa cultura personal, lo crea realmente. Y como no lo cree, le molesta sobremanera que Amazon u otros vendedores desglosen el sobreprecio debido al arancel, y coacciona para que no lo hagan. Lo que sí cree Trump, el viejo tahúr, es que puede engañar todo el tiempo a todo el mundo, pero un antiguo adagio dice que en política es posible una de esas dos cosas, pero no ambas.
Y mientras distrae a la opinión pública con su manejo suicida de la economía, desliza al país por la pendiente que lo encamina a una dictadura: tercer mandato mediante alguna triquiñuela dudosamente legal, destrucción del habeas corpus y de la tutela judicial, desacato flagrante de órdenes del Supremo, fin de la inviolabilidad del domicilio, reclusión extrenalizada en países sin garantías de derechos humanos, y extensión anunciada de esa práctica ilegal a los propios ciudadanos estadounidenses. Un horror.
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