La taberna como institución popular

A MESA Y MANTELES

Publicado: 18 oct 2026 - 04:20
Xavier Castro
Xavier Castro

En la vida de la gente común la taberna ha desempeñado tradicionalmente el papel angular. Esto es cierto en lo que concierne a la articulación de la convivencia popular. Ahora bien, a través del siglo XIX, las clases medias y altas han ido creando otros foros específicos de encuentro social: casinos, liceos, ateneos, y también otros lugares de reunión como los cafés. En especial, en las tabernas, eran frecuentemente mujeres, generalmente acompañadas por sus familias o tuteladas por hombres, quienes despachaban el vino a la clientela. Los parroquianos se sentaban en simples banquetas, o bien bancos, alrededor de una rústica mesa común, habitualmente de madera de pino, sin pintar ni barnizar, cubierta con un simple hule ya en las décadas más recientes.

De añadidura, es interesante resaltar la diversidad de funciones que desempeñaban las tabernas: así, los marineros y modestos patrones acordaban el reparto de beneficios de la pesca y tenían concertado con el tabernero un sistema de fiado con cargo a una cuenta común. Compartiendo si acaso una caldeirada de raya —pues la taberna era un lugar en el que se podía beber o -en algunos casos- comer, siendo el único “restaurante” para las gentes de pocos posibles en las raras comensalías que podían realizar fuera de casa—, se determinaban -digo- las formas de ayuda mutua para la realización de ciertos trabajos rurales y para emprender acciones solidarias, como el apoyo económico a las viudas y huérfanos de los náufragos. La taberna era también un ámbito en el que se dirimían litigios, en presencia de hombres de buen juicio, que daban su parecer buscando la avenencia entre las partes (a esta práctica se refiere Valle-Inclán en El embrujado, aunque aquí el caso litigioso se dirime en un espacio de sociabilidad diferente). Operaba además la taberna como caja de depósitos a la que iban a parar los ahorros recolectados con vistas a la celebración de una fiesta, generalmente de devoción popular revestida con un carácter protector. Servía también de marco para los rituales de cortejo y las manifestaciones del erotismo: en los días de noviazgo, generalmente en domingo, resultaba aceptable que las mozas acudiesen, por supuesto, con el inexcusable acompañamiento de sus pretendientes.

La taberna era primordialmente un espacio de complicidades populares, un ámbito sociabilidad que suscitaba la desconfianza del poder.

A veces se ha idealizado la imagen de la institución tabernaria alabando el espíritu de hermandad y el comunitarismo que solía reinar en ella. Esta visión armonicista obviaba la conflictividad social que tenía lugar en estos locales a causa de las reyertas, que las autoridades trataban de reprimir. Hay que mencionar, asimismo, la embriaguez ocasional y el gasto inmoderado de unos dineros que menoscababan gravemente el escaso presupuesto de las familias humildes, tema de seria preocupación para las mujeres, tantas veces maltratadas por los maridos cuando regresaban de la taberna después de haber bebido más de la cuenta.

La taberna era primordialmente un espacio de complicidades populares, un ámbito sociabilidad que suscitaba la desconfianza del poder: receloso siempre de que tuviese dos o más puertas que diesen a diferentes calles; de que hubiese cortinas en las ventanas o se pudiese parapetar la clientela tras de divisiones internas o biombos que dificultaban la vigilancia ejercida por los alguaciles. Las autoridades se preocupaban de que estuvieran cerradas a cal y canto a las nueve o diez de la noche y de que no permaneciese después dentro ningún grupo de personas (con los cafés solía haber mayor laxitud en el control del horario de cierre). Su temor no era infundado: asociaciones de agrarios antiforistas, sindicatos obreros y partidos de clase, y en la costa, grupos de marineros proclives al anarquismo, carentes todos ellos de locales sociales propios muchas veces nacieron y desarrollaron su existencia asociativa en las tabernas.

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