Zoltán Kész
El terremoto político de Hungría
Durante más de una década, Viktor Orbán pareció intocable. Construyó un sistema en el que el miedo, la lealtad y el control de la información se fusionaban en una fuerza política inquebrantable. Sin embargo, las elecciones del 12 de abril hicieron añicos esa imagen y pasarán a la historia como el inicio de una nueva transición. El otrora todopoderoso primer ministro que definió la política de Hungría durante una generación interpretó mal a su país en casi todos los frentes, desde su juventud hasta su lugar en el mundo.
La derrota de Orbán no fue repentina. Fue la culminación de tendencias que se negó a ver. El primer y quizás más decisivo error radicó en su guerra contra los jóvenes. En lugar de conectar con una nueva generación criada en Internet y que vive en una Europa sin fronteras, los trató como enemigos. Se burló de sus valores, menospreció sus preocupaciones sobre la educación, las oportunidades laborales, la sanidad y la libertad de expresión, y llenó la esfera pública de nostalgia por un pasado que ellos nunca habían vivido. Esta estrategia puede que funcionara con los votantes de más edad que anhelaban seguridad, pero alienó a millones de personas que buscaban oportunidades y apertura. Al final, los jóvenes no se quedaron en casa: votaron por el cambio.
Ni siquiera la visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance, que en su momento se promocionó en los círculos del partido Fidesz como prueba de la creciente influencia de Orbán en el conservadurismo global, logró generar entusiasmo más allá de los fieles al partido
El segundo error de cálculo fue la fe mal depositada de Orbán en sus aliados extranjeros. Creía que codearse con hombres fuertes y populistas extranjeros, desde Donald Trump hasta Xi Jinping, y ser cofundador de la llamada Junta de la Paz impresionaría de alguna manera a los votantes húngaros. Ni siquiera la visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance, que en su momento se promocionó en los círculos del partido Fidesz como prueba de la creciente influencia de Orbán en el conservadurismo global, logró generar entusiasmo más allá de los fieles al partido. Pero las campañas basadas en el respaldo extranjero rara vez se traducen en apoyo interno. Los húngaros, incluso los escépticos con Bruselas, no desean convertirse en parias geopolíticos. Cuando Orbán intentó ganar legitimidad a través de sus contactos internacionales, al votante medio le pareció que en realidad el presidentede de Hungría estaba más aislado que nunca.
Su tercer error, y quizá el más perjudicial, fue su persistente coqueteo con Moscú. Durante años, Orbán afirmó que su «apertura hacia el Este» era pragmática, una forma de garantizar energía barata e influencia frente a Bruselas. Pero a medida que la guerra en Ucrania se prolongaba, los húngaros se dieron cuenta de la verdad. Las encuestas mostraban sistemáticamente que la mayoría de los ciudadanos, incluidos muchos votantes de Fidesz, se identificaban como proeuropeos y profundamente recelosos de Rusia. La retórica de Orbán sobre la «paz» sonaba cada vez más a una tapadera para la complicidad. En un país que en su día luchó contra los tanques soviéticos por la libertad, mostrarse demasiado cercano a Vladimir Putin tenía un coste. Además, los votantes vieron más allá de sus tácticas de miedo y no creyeron en el amago de operación de falsa bandera con la ayuda del GRU ruso. No se dejaron engañar pensando que si ganaba la oposición el país se vería arrastrado a la guerra de Ucrania.
Estas elecciones también pusieron de manifiesto cómo el cansancio económico se tradujo en revuelta política. La economía húngara creció nominalmente en la última década, pero pocos sintieron los beneficios. Mientras que los oligarcas y familiares de Orbán se convirtieron en multimillonarios gracias a los fondos de desarrollo de la UE, los húngaros de a pie se enfrentaban a salarios reales en descenso, a la inflación más alta de la UE y a unos precios galopantes. Aunque Orbán intentó una vez más controlar los precios con topes intervencionistas, la gente sufrió escasez y esa estrategia no funcionó. Lo que antes eran murmullos discretos se convirtió en ira abierta. El “sistema de cooperación nacional” se convirtió, en la percepción pública, en un mero sistema de enriquecimiento del entorno de Orbán.
Y lo fundamental: por primera vez desde 2010, había una alternativa que parecía creíble. El nuevo líder de la oposición, Péter Magyar, y su Partido TISZA comprendieron algo crucial: Orbán no podía ser derrotado mediante compromisos. Los intentos anteriores de la oposición habían construido frágiles coaliciones que se derrumbaron bajo el peso de sus contradicciones internas. Esta vez surgió una estrategia diferente: sin negociaciones interminables entre las antiguas élites partidistas, sin medias tintas, con un reformismo que miraba hacia adelante en lugar de hacia atrás. Magyar se dirigió directamente a las frustraciones de los votantes en un lenguaje sencillo, sin el lastre ideológico de la vieja oposición. Su postura antisistema logró movilizar a los votantes indecisos que hacía tiempo habían perdido la esperanza en el cambio político. Es más, comprendió que hacer campaña no se limita a acudir a las cadenas de televisión y estar presente en las redes sociales, sino que también implica largas jornadas de mítines y una campaña masiva de puerta a puerta, gracias a la cual llegó a todos los distritos electorales más de una vez durante los últimos meses.
Cuando Orbán llegó al poder en 2010, supo aprovechar la ira de la mayoría contra la arrogancia de unos pocos. Ahora, esa ira ha encontrado una nueva voz. Es probable que las elecciones húngaras de 2026 sean recordadas como un punto de inflexión, no sólo por quién perdió, sino por lo que revelaron sobre una nación dispuesta a superar el miedo. Al final, Orbán no perdió ante una ideología sino ante un país que redescubrió su propia voluntad. Los jóvenes votantes de Hungría podrían haberle dado a la democracia su mayor regalo: un recordatorio de que incluso los sistemas más arraigados acaban por derrumbarse cuando dejan de escuchar.
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