Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
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El contexto es un enemigo de maldad deliberada. Lo comprobé una decena de ocasiones en que se me despistó el saber estar y la coherencia adormecida se ausentó. Sucedió en aquel entierro en que me puse nervioso y le dije a la viuda “gracias por invitarme” o la noche aquella en que estaba pinchando y Leiva se me acercó para pedirme un tema y le dije “buen ojo”.
Sucedió nuestra primera vez, que te di las gracias.
Que casi te pido perdón.
Así con los años fui acumulando una serie de situaciones desacertadas por esta manía mía de hablar sin pensar. O por querer hablar al mismo tiempo que pienso. Hacer dos cosas a la vez es una tarea para la que no existe cursillo de formación ni bootcamp especializado.
El verano del noventa y algo yo tenía diecialgo, algunos años menos que mi amigo Jhoni, que ya tenía una edad en que la gente no le llamaba Juan y prefería un anglicismo que dotase su metro noventa de estatura de un estatus digno de macarra de barrio. Jhoni era un poco quinqui y tenía el poder inexplicable de resultar adorable para cualquier figura paterna que se le cruzase.
Un olor nuevo e indescifrable me excitaba las narinas y los Doors me aullaban al oído un grito soporífero de libertad adulterada. Un tipo calvo, con esa calvicie de edad indescifrable, me retaba desde el otro lado de la barra.
Cameló a mi padre en unos pocos minutos para que me dejase salir una noche con él, con la condición de devolverme vivo y no como aquella vez que me escapé y vomité tanto que el retrete desbordó.
Me llevó a un bar bastante viejo. Los pies se pegaban al suelo de tal manera que a cada paso que daba el esfuerzo era mayor, y al apoyar el codo en la barra casi se queda a vivir sobre ella. Un olor nuevo e indescifrable me excitaba las narinas y los Doors me aullaban al oído un grito soporífero de libertad adulterada. Un tipo calvo, con esa calvicie de edad indescifrable, me retaba desde el otro lado de la barra. Pobre adolescente perdido en un garito de mayores.
Miré al Jhoni que mantenía la calma con una postura de veteranía impertérrita, con la serenidad de quien tiene el control sobre toda la habitación. “No sé qué quiero tomar Jhoni. ¿Qué hago?”. Mi amigo ni siquiera me miró. “Tócate los huevos” dijo con un pestañeo de reafirmación presidencial.
Saqué la mano derecha del bolsillo del pantalón y me agarré la entrepierna, sin apretar mucho. Permanecí así, con los genitales encerrados entre los dedos, unos segundos, los que el eco de la carcajada tardó en recorrer las cuatro esquinas del bar rebotando de una a otra.
"Llenó seis vasos, golpeó en un gesto seco contra la barra y los bebimos de una sentada"
El hombre calvo colocó sobre una goma en la barra seis vasos de chupito. Los llenó, golpeó en un gesto seco contra la barra y los bebimos de una sentada.
“Ya puedes dejar de agarrarte, tócate los huevos es el nombre del chupito”.
Deslice la mano desde la corinilla hasta la nuca en una caricia balsámica.
Jim Morrison se reía al fondo. El siguiente chupito se llamaba tumbadios.
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