El toldo de la pastelería Miguel

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 11 jun 2025 - 00:05 Actualizado: 12 jun 2025 - 08:31
Pastelería Miguel
Pastelería Miguel

Esta cosa que llaman progreso no es un destino unidireccional, una meta única e inevitable. El mapa de grises del azar, mezclado con la voluntad de los hombres últimos, enfermos casi siempre del mal del dinero, genera caminos divergentes, callejones sin salida, ilusiones de una posibilidad mejor. Casi todo lo que va llamando al ojo del flanneur en la ciudad, incluso una ciudad a la deriva como Auria, es casi siempre un error que nunca debería haber sido tenido en cuenta. La idea de hacerlo mejor que como se hacía antes es casi siempre una catástrofe, pero habitamos tiempos de vagos neuróticos y, si algo se vuelve más cómodo, aunque se pervierta su esencia o se sustituya por algo execrable, será alabado largamente en nombre de la eficiencia.

Es tentador romantizar con ciudades más lentas, más analógicas, cuando no había tanto ruido y las personas estaban mejor encajadas en sus vidas. Como somos una civilización que se autofagocita convivimos con los cadáveres de la fase anterior en un tiempo híbrido. Pero lo que para algunos es basura para otros será esperanza, porque el pasado será siempre el tesoro de la posibilidad para renacer, porque se necesita con urgencia un renacimiento. Cada paseo por la ciudad que uno pasea como extranjero tiene mucho de ronda de vigilancia. Se vigila para certificar que sigue esa puerta de hierro en el portal estimado, que no han arrancado las ventanas que sobreviven en aquella otra casa, se lanzan unas palabras de ánimo a los caserones abandonados para que resistan la piqueta del ignorante. Se palpa lo que uno ama para que siga existiendo, aunque se sabe que existen a contracorriente en un lugar donde el sentido común es un agravio.

Hay consuelos modestos pero muy sabrosos, como los toldos, de cuando las ciudades se vestían de tela cuando llegaba el calor y se caminaba por calles-jaima, de carpas de zoco donde el sol quedaba suspendido y la brisa se abría paso bajo el canal de sombra.

Hay consuelos modestos pero muy sabrosos, como los toldos, de cuando las ciudades se vestían de tela cuando llegaba el calor y se caminaba por calles-jaima, de carpas de zoco donde el sol quedaba suspendido y la brisa se abría paso bajo el canal de sombra. Ahora que todo son insanos aires acondicionados que llenan las fachadas de feor y la ciudad de un estruendo industrial abominable, hay que reclamar el toldo con decisión. Cuando ya caminamos hacia ese modelo de derroche donde hace falta una chaqueta para soportar estas climatizaciones enfermizas se echa de menos los toldos, con su sencillo mecanismo que es perfecto porque no tiene margen de mejora. Quedan bastantes plegados y llenos de mugre en tantos edificios históricos abandonados de esta ciudad abandonada de sí misma. Y algunos, pocos, en uso. Reconforta, en la esquina del parque de San Lázaro, ya el único parque con árboles de la ciudad, el toldo vivaracho de la confitería Miguel, que es negocio histórico y guarda la receta de pasteles sabios que aprendieron sus fundadores en la maravillosa pastelería Ramos, cuyo local en el otro ala del parque contiene ahora un negocio cutre que deberían cerrar por ser un llamado al mal gusto. Pero volvamos al toldo. El toldo de la pastelería Miguel es una maravilla de lona naranja abierta en tres cuerpos, como el tríptico de la piedad. La idea es decirle al sol que de una tregua y negociar con su presencia implacable para que no se derritan los dulces detrás del cristal. Uno ve el toldo de la pastelería Miguel y cree que su belleza sigue ejerciendo fascinación hasta en el corazón más climatizado y que su sencillez y eficacia para dar refresco son cordura en una ciudad que ha perdido el juicio. Ojalá sigan ahí, toldo y negocio, por muchos años.

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