Opinión

La estupidez insiste siempre

Opinión

La estupidez insiste siempre

Esto va muy rápido. La premura con la que se suceden los acontecimientos convierte en efímera toda la información que diariamente llega a los sufridos contribuyentes ahora contribuyentes-confinados. Solo con el propósito de sacar algo de ánimo puedo decir que algunas cosas positivas van quedando en el poso de esta situación tan horrenda: el extraordinario sentido del humor que circula por lo virtual, el empeño de recuperar la libertad perdida y la grata noticia de que se hayan generado posibilidades reales de que las reuniones de la comunidad de vecinos puedan ser telemáticas.

Asimismo, por el lado contrario, también vamos reuniendo poco a poco elementos que sustancian el grado de ineptitud e incompetencia de quienes se ha erigido para conducir nuestro destino inmediato como país. 
Aunque toda la comunidad científica aconsejaba implementar las intervenciones lo antes posible para frenar la propagación del virus, el ejecutivo español permitió, cuando no alentó,  actuaciones saturadas de propaganda política e inferidas de la imprudencia propia del necio. La Comunidad de Valencia ocultó deliberadamente el número de contagiados para intentar no suspender la celebración de las Fallas; recibimos y entrevistamos a cientos de pasajeros de Italia mientras ese país se precipitaba al caos ya con la Lombardía aislada; Fernando Simón, el director de Alertas Sanitarias, ignoró los mensajes de las sociedades de epidemiología en España y manifestó que "si mi hijo me pregunta si puede ir a la manifestación del 8-M le diré que haga lo que quiera" y que España iba a “tener como mucho algún caso diagnosticado con una transmisión limitada y controlada"; o permitió que más de 130.000 estudiantes de fuera de Madrid y otros miles de desplazados de toda España regresaran a sus domicilios, con el grave riesgo de la propagación indiscriminada de la enfermedad. 


Tardíamente, Sánchez declara el estado de alarma nacional en el que, entre otras medidas, limita extraordinariamente, salvo causas de fuerza mayor, la libre circulación de personas fuera de sus domicilios, medida ante la que la ciudadanía ha respondido de forma extraordinariamente responsable. Todos ya somos conscientes del compromiso social con el que hay que actuar. Ahora bien, una cosa es que el Estado quiera protegernos y otra cosa es que quiera conducir nuestras vidas. El confinamiento es extremadamente duro para todos: familias, gente que vive sola, dependientes, niños… De la misma manera que los dueños que pasean a sus perros no ponen en peligro la cuarentena impuesta, tampoco lo puden hacer aquellas personas que también quieran disponer un espacio, limitado, individual, con las debidas precauciones, para salir a pasear o hacer algo de deporte al aire libre. Entre las medidas de cuarentena tomadas en Europa, Bélgica no sólo no prohíbe, sino que recomienda a sus ciudadanos que, manteniendo las distancias recomendadas, realicen actividad física al aire libre; Italia permite actividad deportiva y física realizada en espacios abiertos de acuerdo con la distancia interpersonal de un metro; Francia permite salidas individuales breves para hacer algo de ejercicio o sacar a las mascotas; Portugal ha dicho que “pode correr no parque, mais sozinho”…

Tampoco es comprensible que una familia no pueda desplazarse en su coche para disfrutar de la casa que tenga la suerte de tener en los alrededores ¿dónde está el peligro?, ¿tener un accidente que colapse el sistema sanitario?, ¿es tal el ejercicio reduccionista que hemos de hacer?. ¿Por qué no se permitía salir, airearse y dar un saludable paseo a las personas con trastorno autista?, ¿no sería esta una cuestión que pudiera extenderse a quienes necesitan caminar para combatir problemas de ansiedad, de circulación, de movilidad, de soledad y tantos otros…  ¿No es menos grave reclamar estas dispensas que dar repercusión al alarmismo irresponsable con el que se difunde el triste fallecimiento de un guardia civil o el contagio de un bebé?, ¿qué probabilidad de contagio existe en dar un paseo por la orilla de la playa?, ¿no resulta fundamental ayudar a fijar la vitamina D con cortos baños de sol, sobre todo para nuestros mayores?, ¿no queremos tener gente sana y en buenas condiciones físico-mentales para afrontar un potencial contagio?


La decisión sobre estimulada que prohíbe las actividades anteriormente citadas no puede proceder de otra cosa que de la frustración de quien, sabiendo de sus anteriores errores trata de solaparlos ahora con desproporcionadas medidas.
“Las mayorías no están menos expuestas al error y la frustración que los reyes y los dictadores”,  Ludwig von Mises (1944).