Viajando con Artemis II

HISTORIAS INCREÍBLES

Publicado: 12 abr 2026 - 05:10
Opinión en La Región
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A través de los siglos hemos tenido la sensación de que alguien nos vigila. Creo que desde siempre intuimos que aquello a lo que llamaron “luna” no era un astro sino el monóculo de Dios.

Hace un tiempo publiqué este artículo con otro título. No quiero repetirme, pero si entonces meditamos sobre la realidad o la ficción de si estuvimos en la luna en los sesenta, ahora he de actualizar aquellas sospechas de que jamás estuvimos allí, o las defensas encendidas de que sí estuvimos, pese a que entonces la tecnología aún estaba en camiseta, y era inferior a la que hoy pone en marcha tu calefacción de gas ciudad.

No recomendé, entonces, preguntar a los científicos, sino a aquellos seres cordiales de los que nos fiamos. ¿Le preguntamos a la zorra? La zorra ocre y marrón de los cuentos infantiles también ha estado en la luna. Cada vez que pasa el pequeño puente mira el agua del riachuelo y siente un deseo irresistible de comerse el queso redondo y blanco que parpadea en el fondo.

¿Le preguntamos al gato? Mira, hay un gato subido a la jacaranda para ver más cerca la luna. Seguro que sueña su infancia corriendo tras lo que imagina como el ovillo de lana fofa y plateada.

¿Y al buey mansurrón y pardo? Al buey de mirada somnolienta ya no le dejan soñar con la vacada. Entonces era un toro. Ahora le han destripado el amor y sólo le dejan la parsimonia. Pero ellos no lo saben. No saben que, enamorado, sueña su vaca redonda y blanca que se apacienta de nubes y de moras y de prados de hierba fresca y rasposa.

Mayeya se ríe de mí cuando le formulo la pregunta ¿Hemos subido allí en el 69?…

Y… ¿al hombre de las cavernas? Hace muchos siglos, perdido en medio de la sabana, el ser humano, ocurrente y apretado por el hambre, discurrió la agricultura. Mirando al cielo vio cómo aquel redondel blanco podía explicarle con la cantidad de brillo el mejor tiempo para sembrar o recoger la cosecha, para cortar la leña y conservarla. El ciclo de las lunas fue fundamental en su vida.

Si miras el mar lechoso y azul mientras chapoteas su orilla, tienes la sensación de que ese gigante húmedo intenta abrazarte. Viene y luego se va, y vuelve y huye como una amante tímida. Cuando menos lo esperas te echa por encima sus brazos de escarcha. Sus besos de espuma y arena te precipitan en su vientre húmedo. No temas. Sólo es el agua. Se hincha en la pleamar o descansa babosa en la bajamar. O puede que sea el pulmón inmenso de aquella luna que te mira, ahora, sin pestañear desde el horizonte.

Mayeya se ríe de mí cuando le formulo la pregunta ¿Hemos subido allí en el 69?… Mira que eres inocente. Me enfado y demuestro precariamente que sí, que llegamos.

Ahora he enviado, con tantos otros, mi nombre que ha subido dentro de la mascota Rise de la NASA. Y cuando pasen 1000 años, alguien leerá la tarjeta micro SD y dirá… Mira que era inocente este Plácido. Para entonces la zorra, el gato y el buey enamorado de la luna y yo seguiremos girando, con los ángeles nebulosos, en el espacio.

Ahora que ya es tarde, seguimos mirando al cielo y la noche se abotona su mandil negro con la luna, que es su botón de nácar.

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